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1/Marlene Dumas: Waiting for meaning (1988)


Otra forma de despedirse es desconocer aquello de lo que uno se despide. Esperar. ¿El significado? Un lugar azaroso. Un cuerpo que cae, que rotura e instaura. Un año más, extraño y caótico, que huye.

2/ Bye bye, blackbird.

Pack up all my care and woe,
Here I go,
Singing low, 
Bye bye blackbird,
Where somebody waits for me,
Sugar’s sweet, so is she,
Bye bye 
Blackbird!

No one here can love or understand me,
Oh, what hard luck stories they all hand me,
Make my bed and light the light,
I’ll be home late tonight,
Blackbird bye bye.

Pack up all my care and woe,
Here I go,
Singing low, 
Bye (bye) bye (bye) blackbird.
(tchoo tchoo tchoo tchoo tchoo tchoo)
Where somebody waits for me,
Sugar’s sweet, so is she,
Bye (bye) bye (bye) blackbird.
(tchoo tchoo tchoo tchoo tchoo tchoo)

No one here can love or understand me,
Oh, what hard luck stories they all hand me,
(Oh oh oh oh)
Make my bed, light that light,
I’ll be home late tonight,
Blackbird…

Make my bed and light the light,
I’ll be home late tonight,
Leave you bird jet in the sky
Toodle oo!
Farewell!
Bye bye!

Blackbird 
(Blackbird,Blackbird)
We’ll take the flying little blackbird bye!

3/ Tierra y dónde. Un poema.

En el enlace, se puede leer un PDF con mi colaboración, junto con el poeta Enrique Cabezón, en Versos para la muerte, la sección que coordina Javier Gil Martín en la revista ADIÓS. ¡Gracias!

Una vez más, amanece, nº 90

 

 

 

 

 


 

seguros de su cuerpo los vivos
seguros de su cuerpo
anclados
seguros de la vida
entre el cemento el aire quebradizo
y la respiración del agua que hierve

seguros de la cura
de la imagen-semejanza
de la voz destensada como hierro en el suelo
del amor isla
del amor alicatado
entre el alambre y las ruinas

seguros de su cuerpo los vivos
seguros de la simiente arcillosa
curvatura de piedra y de mudanza
seguros de su cuerpo
del caudal que atraviesa y bebe
la fibra recogida

seguros de su cuerpo los vivos
de la forma de decir arrecife de la forma
de empujar las puertas de la forma
de fallar los silencios
seguros del vértice
seguros de la ruta de los padres
del cristal nervado que sostuvo sus plantas

seguros de su cuerpo
los nacidos
disgregados
palpitantes

 

*Imagen: James Castle

 

(Ilustración: Pablo Gallo)

Miro el vómito debajo de mí. Lo toco con los dedos. Enfrento el asco como algo que merece ser observado muy de cerca.

Estoy sentada con las piernas abiertas, como los niños que hacen castillos junto al agua. Entre mis piernas, el vómito. Más allá de mis pies, el mar naciente.

Soy inmunda como un pájaro muerto en la calle, como una esquirla que salta hacia el ojo.

Me rodean los hombres y mujeres del mundo limpio, casi desnudos.

Ellos no saben que también son inmundos con sus carnes al sol.

Si no estuviera en esta playa y tuviera a mi alcance una lupa, me gustaría investigar los fragmentos del vómito, su desigual textura, sus matices. Pero no es posible. Tendré que conformarme con el tacto, con la visión de la papilla en la arena quemada.

*****

Puede que cielo sea azul, pero el mar está sucio.

Mientras todos fingen callar y untan sus cuerpos con aceites, mi vómito aúlla en el centro.

Mi vómito señala la suciedad del mar en la playa.

Es casi una ofrenda, una coronación de todo límite. Lo que quedará de mí sobre la arena sin sombra, cuando las pisadas se marchen.

*****

No he venido a esta playa a ser feliz. No he venido a veranear. Odio los granos de arena en mi escote, las gotas de sudor en la espalda, la luz que cae sobre mí como una losa roja y me tira encima de la tierra. Me vence.

No me gustan los turistas que hierven encima de las tumbonas, ni las señoras que se agitan con sus revistas debajo del parasol. Me gustan, en cambio, las mujeres chinas que venden masajes a cinco euros. Ellas saben cómo molestar. Ellas, con sus manos pequeñas y su inadecuación, tan humeante como la mía.

Me he hermanado con ellas a través de este acto, en apariencia tan simple, aunque lo ignoren y vuelvan la cara al pasar a mi lado, como los otros.

*****

Ellos creen que se van a lavar en el mar. Que el agua salada se llevará toda la mierda encendida como luminaria en su cuerpo. Creen en la posibilidad de neutralizar la carne, como si ésta fuera algo más que tiempo malgastado.

Comen, beben y juegan en la orilla. Mean y defecan en el agua, a buen resguardo de la mirada ajena. Nadan poco, lo bastante como para ocultar su fealdad justo hasta la altura del cuello. Cuando no tocan fondo, se alarman y patalean en silencio con el rostro contraído. Después sienten alivio porque ya están a salvo, y corren pesadamente hasta su sitio. Porque tienen un sitio.

Todo esto lo sé porque alguna vez quise ser como ellos. Entrar en su construcción, que no tiene murallas. Para hacerlo no hay más requisito que existir sin duelo, sin despecho. En la pureza del orden.

Pero hoy, en cambio, he venido a esta playa a vomitar en la orilla. Me he manchado también la parte de arriba del bikini. Ha ocurrido por necesidad, no por azar. He dejado aquí encima el sedimento que me disuelve. Y lo he tocado.

Ha sido el rito exacto de la separación, del desarreglo.

*****

Ahora podrán decir que estoy perdida. Y dirán bien. No les llevaré la contraria. Dejaré que tracen mi historia en vertical. La historia de mi sarna. Les hará sentir fuertes, protegidos. Anclados.

Pero el vómito es muy distinto de algo que pueda ser fijado en un punto.

Me pregunto si un vómito tiene un final como lo tienen los cuerpos.

Porque lo que se condensa en el vómito es lo inabarcable. Lo que se ha de mezclar. Lo grumoso. Lo que no tiene concordia.

Como una voz afónica que nunca se define. Su espesa envoltura de monstruo.

Tengo que llegar a esa tesitura.

Por eso, ahora dejo caer mi cabeza entre las piernas, mojo mi cara contra el vómito, depongo en él mis ojos, los froto a su favor, y las fibras vivas de mi pelo se ensucian de pringue, sal y barro. Quedo suspendida. Respiro fuerte. El olor del vómito es profundo como la lluvia en las alcantarillas.

Debo parecer una suplicante tendida ante un altar.

Solo yo sé con qué me he congraciado.

*****

El vómito es un lenguaje. Una jerga carcelaria.

Sus únicas reglas son la aleación y el desatino.

Cae, empapa y se seca en cualquier lugar. Ahora, frente al mar, está en latitud de riesgo. Se lo pueden llevar las olas en cualquier crecida y se convertirá en una lengua muerta.

De algún modo, esa es la ley de toda materia. Yo misma podría ser arrastrada.

*****

El sol ya no arde.

Sigo delante del vómito. No me he movido.

Los bañistas me esquivan cuando pisan la arena. Hacen muecas de desprecio que veo por primera vez, aunque antes ya las sospechaba a mis espaldas.

Las figuras del vómito se van desaguando. Se dibujan los restos de comida, las infiltraciones. El líquido está a punto de desaparecer.

Aun así, yo no me voy.

Me quedaría aquí hasta que cayera la noche, a la intemperie, guardando mi don hasta el hartazgo.

Tal vez alguien tendría entonces la bondad de empujarme al agua. Obligarme a purgar mi cuerpo. Ahogarme. O preguntarme si me encuentro mal en mitad de toda esta porquería.

Pero no voy a morir en el mar. No he venido a esta playa a morir ni a ponerme enferma. Y el agua no me limpia.

Si alguien me tocara para ayudarme, impregnaría su brazo de vómito. Porque ellos solo toleran el tacto estéril, desprendido, yo les haría notar mi asqueroso roce.

He venido simplemente a ser obstinada en mi indecencia, en mi rechazo.

*****

El vómito es la prolongación obstinada de mi cuerpo.

Yo soy la prolongación obstinada de mi forma y de las palabras que hicieron de mí un instrumento de percusión ciega.

Ellos son la prolongación obstinada de sus paredes de casa blindada, de sus certezas.

Es la obstinación sin objeto lo que queda al fin como poso de la vida.

Como escribir es construir obstinadamente estas frases sin finalidad y sin enmienda.

Publicado en agosto de 2011 en la web de DVD Ediciones (Vacaciones aún más críticas). Este texto forma parte del libro inédito “Breviario de fugas”, ilustrado por Pablo Gallo

(I)

cómo sentir necesidad de amar
cuando el amor es este rito
insuficiente

mi hambre
es de ahogo

(II)

ya no
ya basta
dejé mi cuerpo sembrado en la tierra
dejé mi amor de animal indolente
su acecho de cazador
su miedo de presa
pero ya no
ya basta

(III)

si puedo morir en la poesía
tal vez la bestia no amordace
todavía
mi cuello

si puedo escribir
estoy muerta
en un poema

¿tal vez
así
solo así
me salve?

(IV)

y si al final es cierto
y no supe desear
más que esta música arenosa
la soledad del lobo
su aullido de manada dividida
el roce de sus uñas contra la estepa

Publicado en el monográfico BESTIARIO de septiembre de 2011 de Panfleto Calidoscopio

NOTA CERO, O EL MARGEN DE LA LECTURA

Estoy buscando una forma de hablar de Robert Walser.

¿Hablar de otro será temblar o buscar el modo de entrar en la continuidad de su visión?

Estoy buscando una forma, porque se ha hablado y se habla mucho de Robert Walser. Del Robert Walser narrador. Del Robert Walser leído por Kafka, por Benjamin, por Elias Canetti. Del Robert Walser-Bartleby, leído por Vila-Matas.

Se ha hablado y se habla de su vagabundeo. De su locura. De su muerte. Conocemos el nombre de Herisau por Robert Walser. La mitología del manicomio como espacio de retiro se debe, en parte, a Walser.

Robert Walser es una cadena de lecturas, un empedrado. Esa voz menuda, apegada y separada de las cosas por medio de una ironía que duele, genera en los lectores un acercamiento sincero, un vínculo de unión. Hay que amar a Walser por esa voz ingenua, por la modestia que se desprende de sus páginas, por su parca embriaguez.

Leí por primera vez a Walser a los dieciocho años. Curiosamente, a la primera región de su obra a la que accedí fue a la más ignorada: su poesía. Tan mínima y casi un continente, un páramo anonadado donde estrellas, noche, nieve, lámparas, límites, se parecen a pequeñas figuritas adheridas a los versos con un alfiler.

En Robert Walser vi la escasez. El hombre que se nutre y carece. Alguien que parpadea y dimensiona. Todos esos gestos corrientes, poco magnánimos, de lo vivo.

Hay que ser muy fuerte (como lo fue Walser, o al menos el Walser al que leo recortado en un paisaje) para hablar del soplo débil, para vertebrar un rumor sin perder el sosiego, la lentitud. La música.

NOTA PRIMERA: LA RISA PARADÓJICA

¿Qué son los poemas de Robert Walser? Son esquelas breves, invernales, de líneas simples, entre las cuales se filtran motivos, lugares, imágenes. Los temas de su poesía son pocos y casi se podría decir que tópicos: el dolor, la angustia, la soledad, el miedo.

Sin embargo, esos temas están tratados de un modo raro. No hay la virulencia del estallido. La contienda no existe. No hay más que paz, esa calma de la voz que acepta lo horrible no como un resto, sino como algo propio. Walser nombra el dolor con una serena tibieza.

Porque el poeta ríe. Los poetas de Walser ríen siempre o alguien se ríe por ellos, de ellos. Esa risa, lo más ajeno, lo más íntimo, crea el marco de algunas de las escenas anímicas que dibuja. Además de en los poemas, en algunos de los textos en prosa que componen el libro Vida de poeta anidan también estos personajes solitarios, vacilantes, que han quedado atrapados en el espacio inconstante de la fantasía. Sobre ellos resuena a veces una carcajada (la del narrador o, quizás, la de las cosas), o ríen tristemente.

No obstante, en el poema Engaño, esa risa triste reconoce su condición mudable y se revela como llanto:

Con las manos cansadas,
con las piernas cansadas,
a tientas por el mundo,
me río de que giren
las paredes, mas miento,
porque estoy llorando.

Este poema cortísimo, perfecto, es casi el augurio de lo que algunos llaman locura y no es más que la constatación de una quiebra. Es en él donde, de modo más acusado que en otros textos de Walser, la risa asoma en su mentira, en su lado más espantoso. Las paredes giran en torno a ese mundo recluso. Quien dice reír miente.

NOTA SEGUNDA: EL POETA EN LA VENTANA

Me pregunto si el lugar de la poesía será el encierro.

De qué modo una habitación cerrada, una pared siempre igual a sí misma (la pared quieta o la pared giratoria de Walser), una ventana, esa barrera a través de la cual la transparencia y el orden fingen su proximidad, crean las condiciones para la escritura.

Pienso en el caso de Emily Dickinson. No tanto en el caso fáctico (el hecho de haber vivido siempre en Amherst ), sino más bien en la orientación de la mirada en sus poemas, que responde al encierro. Lo que en ellos se oculta y es cedido en las palabras. Robert Walser, contrariamente a Dickinson, no vivió toda su vida en la misma casa, fue ante todo un paseante, y sin embargo hay algún punto de comunión entre ellos. En la forma de proyectar las imágenes, tendidas y quietas, claras, rebosantes. En esa fabulación que comprime y después entrega un mundo.

Una vez más, me remito a una de las prosas cortas de Walser. En ella, un poeta pobre decide aprisionar dentro de sí todos los cuerpos externos, comenzando por la pared de su cuarto, la ventana y sus vistas, y acabando con todos los paisajes, que visita con la finalidad de atraparlos. Lo hace con el objeto de librarse de su poder. Para evitar su traición, el poeta dice tenerlos todos guardados en su cabeza. De esa manera, integrándolos dentro de sí, separándose de ellos, solo su imaginación poetizará.

El poeta de Walser, el yo que habla en los poemas, hace de la separación su radio, el ángulo de su observación. En el cuarto es donde acontece el instante de recogimiento. En la ventana está el umbral de intercambio con el afuera.

¿Y qué ve el poeta a través de la ventana? ¿O, dicho de otra manera, detrás de la ventana, quién ve al poeta? En este aspecto, Walser otorga a las cosas un movimiento intencional. Los elementos naturales miran también al poeta. En el poema En la oficina, el criado que habla es doblemente vigilado: por la luna (más allá de la ventana) y por su patrón (dentro de la oficina). La doble vigilancia solo genera en él una reacción: “me he vuelto comedido”, afirma. Esa prudencia, creo, se asemeja a la misma lengua de Walser, a su tímida habilidad para el nombre.

NOTA TERCERA: CANSADO DE LUZ

Pensar en la nieve en referencia a Walser es pensar en su muerte. Y sin embargo hay algo más, porque la noche y la nieve (y no la luz y el agua) presiden el mundo poético- también el mundo vital- del escritor.

La noche o lo oscuro: el espacio de lo imaginario, la oración, el poema. Donde notas desconocidas confunden entre el silencio. Donde crecen la herida y el descanso.

La nieve: lo que huye. Lo que se concentra.

En el poema titulado Opresiva luz, leo:

Cansado de luz, el cielo
la entregó toda a la nieve.

No solo son versos hermosos. En ellos se abraza también otra cosa. Walser habla de una donación fundamental.

El cielo entrega la luz a la nieve.
La nieve bebe la luz.
La nieve es luz, una identidad voluble.
La blancura de la nieve. Su escasa pregnancia. Su capacidad de acoger.
La nieve cubre y deshace.
Se ablanda la tierra. Se amolda a ella.
La nieve es la inmensidad bajo los pies, sobre el rostro.
¿De qué modo se produce ese extraño contacto?

Y en la nieve, Walser saldrá de sí y desembocará, seguramente sonriendo. Entrar en la nieve, como entró Walser, es entrar en lo inmenso que cae: medida, lejanía, transformación.

__

Poemas Blancanieves, Robert Walser. Traducción de Carlos Ortega. Barcelona, Icaria, 1997. Páginas 112. ISBN: 8474263336.
Vida de poeta, Robert Walser. Traducción de Juan José del Solar, Madrid, Alfaguara, 2003. Páginas 296. ISBN: 8420425893.

Leer el artículo en la revista Calidoscopio: http://www.panfletocalidoscopio.com/2011/04_Julio/Letras03.html

1.TODO ESTE SILENCIO

Todo este silencio es una ofrenda.

Un reflejo.

Estoy viviendo una vida que no me pertenece.

Estoy en un cuerpo que podría desdoblarse. Que fue otro y  algún día, como tocado por una bendición, será otra cosa.

Elegí hablar desde una fractura. Desde lo torcido. Desde un umbral que aguarda su propia ingrata resistencia.

Resistencia a la espera. Resistencia a lo que aguarda, al propio acto de aguardar. Convulsión o espiral. Violencia pura.

Habito un velatorio. Mi propio velatorio. Soy el velatorio de otros. Anunciada en el dolor prematuro de la risa infantil.

Y lo que habito no es lo que soy. Siempre hubo alguien más detrás de mí. Habito un préstamo. Un remedo, un lazo. Una malla de fibras oscuras.

Ahora me veo así: un muelle, una bisagra, una piel suave que se endurece, el miedo, todos los miedos, las llamadas de las voces prisioneras, la sierra que puede cercenar. Potencia, ilusa potencia malograda.

Ahora me digo así. Me digo. Como una mujer. Como un paréntesis. Como un lugar inquieto y suspensivo. Como una detención.

 

 2. LA VOZ DE LOS GUARDIANES

Tenía que llegar el silencio, en su insistencia, a ser oído.

Dijo: yo soy el silencio. Yo soy el paisaje advenedizo. Soy mi propia hora y mi desvelo. Nazco rescoldo y muero ni origen ni palabra. Silabeo con mi cuerpo el mayor alejamiento.

Si hubiéramos podido rescatarla, rehacer su carne con el roce de un sonido, si en la convergencia de su monstruosidad y la nuestra no estuviera oculta una pregunta que ella exhibía en la boca a modo de desafío y nosotros guardábamos dentro como un secreto impronunciable.

 

3.LA MUJER CÍCLICA

mi cuerpo férreo

mi cuerpo frágil

vegetal en usura

en mitad de la calle

todos estos cuerpos del espacio

en su contra

y ahora

la lucha atemperada de yo y la luz

yo y el canto

mi austeridad el crimen sin sangre

una pared gris

el músculo contrae el engaño

la vida es esta intersección

la comisura de la vida

terminal clausurada

los ojos abiertos mirando al cielo

la sinapsis

las líneas de corte

el pliegue en el cerebro caliente

las moscas que vuelan tan cerca de mis manos

sus alas diminutas

el rostro helicoidal de la muerte

los deseos lóbulos sin sombra

el tacto del cartílago

el mapa la orientación la pérdida

el diálogo con un vidrio roto

el ojo obstruido el ojo ciego

el sudor del sol mojado

la obscenidad del cielo

el metálico candor de las columnas

sostén y óxido réplica vertical

escapulario en cobre

un barril lleno de cuchillos

el alimento crudo la bilis

el olor del cloro el rojo en las cortinas

la transparencia del tejado

la opacidad de los espejos

la impiedad en la cara de los santos

los altares

las flores entregadas

la débil llama aquí en el pecho

la llama comprimida

la débil la deudora

la llama

la que grita

fascinada por los gritos de otro mundo

la que abandona el templo descalza

la que sale

ahora

hacia el silencio

 

Leer aquí otro proyecto incierto


y en tu cuerpo
el hallazgo suave
acerado
mordiente
como el deseo de un áspid que respira su veneno
y se oculta entre el polvo

mudas como un árbol
las incontables vejaciones del silencio
las palabras retenidas en la lengua
y la certeza que anuncia que marcar tus pasos
es perderse en ti

calco mi desprecio
en la gasa húmeda
de tu vestido
y sin embargo los ojos que me ofreces
son estacas recias que entorpecen la morada

como un alga dormida tras la piel
el odio repta
y te despides de mí
con voz de muñeca que clava su amenaza
en mi cuello

¿dejaré de verte
cuando al fin la red se deshaga
y los otros griten a un tiempo tu belleza
rota sobre el mármol?
¿cuando mi acento se parezca al tuyo
y la suma de las letras de mi nombre
componga
el residuo de tu ausencia?

ahora no lo sabes
pero tal vez alguien te pregunte un día quién fuiste
y entonces
no podrás señalar este poema


B.S.O: Pj Harvey- Catherine.

FORMAS

buscaba una isla

un objeto encerrado en el vacío

el cuerpo que hubo en el ángulo que ocupa ahora mi cuerpo

la perplejidad de habitar

el espacio

——–

LUGARES

Abro una pequeña libreta de notas, lecturas y extravíos. Otro lugar o tal vez otro modo de perderse:

http://who-by-fire.tumblr.com/

“I Go Back to May 1937…”

(Sharon Olds)

  Vuelvo a septiembre de 1996. Veo mi cuerpo arqueado como un interrogante. Mi cuerpo abierto, herido, que se arrastra en busca de aquel mundo nuevo con olor a cuero curtido, a arrabal y a libertad desenfundada. Y sé que soy apenas una niña flaca que fuma a escondidas, constela recuerdos y enhebra las palabras, la brevedad de los días.

 Veo el perfil empañado de aquellos con los que el tiempo me haría compartir el plato, la esperanza y algún escalofrío de deseo. Tremendos y lejanos como colosos. La lluvia me empuja hacia los márgenes, pero no estoy allí. Voy garabateando vanidades sobre la piedra húmeda.

 No veo el amor. Es una región desierta. No hay sino el asombro, que es poco más o menos el legado de una infancia sin prórrogas ni concesiones. Así, talada en seco como una rama sobrera.

  Yo soy esa odisea que mi soledad convoca.

*(Escrito en 1999, en la habitación que alguna vez fue verde, junto a la ventana.)

Los poemas, aquí


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