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"Est-ce toi, Lorellou?"

Presentación de “Desbordamientos” en Barcelona (Llibreria Calders, 10 de noviembre)

news_thumb_62313_630Una vez más, Juan Vico y yo estaremos en la imprescindible Llibreria Calders del barrio de Sant Antoni; en esta ocasión, será para presentar mi último libro, Desbordamientos. Será el martes 10 de noviembre a partir de las 19:30h. Dejo enlazada aquí también la invitación que Le Cool Barcelona, a través de la voz de Lucía Morales, hace de cara al evento y a la lectura del poemario: http://barcelona.lecool.com/event/desbordamientos-laia-lopez-manrique/

Desbordamientos

Desbordamientos

Desbordamientos es el lugar de la disincronía, la confusión de los tiempos, la desorientación de los espacios. Sus palabras se detienen, contenidas, en un instante vacilante. Al filo de la llama que introduce un tajo en lo real (el mapa mental al que estamos acostumbrados). Un dédalo en bifurcación incesante. La pira de palabras promete una ceniza, un residuo, como deriva infinita al borde de la lengua. Laia avanza hacia la periferia, la periferia ignota de sí misma, para imaginar un centro. Para remover. Para desconocerse mejor.

Antonio F. Rodríguez Esteban

98 páginas

ISBN: 978-84-943517-6-1

De venta en edición en papel y digital en la página web de Ediciones Tigres de papel. El libro incluye un código QR que redirige a una lectura completa del texto.

Una crítica de “La mujer cíclica” en Cuadernos Hipanoamericanos, por Álex Chico

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http://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_777_digital_b_marzo_2015/1

Entrevista en los Archivos De Beauvoir número 3

Los Archivos De Beauvoir es una publicación de Hola Ediciones centrada en el análisis y divulgación de la obra cultural realizada por mujeres. Hay artículos, reseñas, crónicas, ilustraciones, fotografías y un apartado musical. Acaban de sacar su número 3, donde han incluido, además de las colaboraciones de Pilar Marco, Leland Palmer, Sara Navarro, Isabel Gil, Eurídice Cabañes, Patricia Ros, María Arranz, Maite Caballero, Elbis Rever, Elsa de Alfonso, Joana Guerra, Alejandra Vicuña, Ana Jordán, Victor Ginesta y Andrea Galaxina, esta entrevista.

Para saber más sobre el trabajo de Hola Ediciones, podéis visitar su página web: http://www.holaediciones.com/

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Naces y estudias en Barcelona ¿Cuándo empiezas a sentir interés por la literatura? ¿Cuándo ese interés se convirtió en escritura? ¿Qué tal Barcelona para vivir de o, si no es posible, en la literatura?

La literatura me ha acompañado desde que era una niña, porque ya de pequeña leía mucho y comencé a escribir también en la infancia, aunque la primera vez que me planteé algo así como articular una especie de  “libro” con sentido completo fue con diecisiete años. Claramente ese “libro” se quedó en nada…Aunque ahora esto me parece muy lejano, ha sido un proceso de muchos cambios, ensayo e insistencia, a lo largo de los años, hacia la idea de la literatura y de la escritura que tengo ahora;  puedo ver las líneas de continuidad y de ruptura con mayor claridad, pero la base, la exploración del terreno de lo imaginario, de la ficción, creo que se mantiene desde las lecturas infantiles y ese primer conato de libro.

En cuanto a Barcelona, no creo que sea actualmente una buena ciudad para vivir de la literatura pero sí en la literatura, dentro de la literatura, en la medida en que, en la mirada de quien vive habitada por ella, la ciudad contiene numerosas trazas, señales, ecos flotantes, de lo que allí se ha escrito, vivido o proyectado. Es algo así como revivir, en el espacio de la ciudad, esa “cita secreta” que Walter Benjamin decía que tenemos con las generaciones anteriores a la nuestra. Escribir, en este aspecto, con esa conciencia, sería parecido a reactivar esa cita, hacerla extensible.

Has estudiado Filosofía y Teoría de Literatura y Literatura comparada ¿Crees que haber elegido cursar estos estudios ha influido en tu escritura? ¿Crees que hay diferencias entre la filosofía y la literatura?

Entiendo la filosofía como crítica y la literatura como una especie de espejo deformante… Creo que ambas se complementan y comparten el espacio del texto, que es una especie de escenario de batalla común. El pensamiento toma distintas formas, y me interesa un tipo de literatura que también es, hace o deja, a modo de sedimento, pensamiento. Creo que sí, que el hecho de cursar estos estudios ha marcado bastante los caminos y lecturas que he elegido hacer, de manera que también habrá influido en lo que yo pueda escribir.

Alejandra Pizarnik dijo en sus diarios lo siguiente: “Hojeando las novelas policiales se me ocurre preguntar cómo es posible escribir tanto sin decir «dolor», «vida» o «angustia».” Partes de tu escritura poética me han recordado al desgarro existencial de la poesía de Pizarnik ¿Qué opinas de esta apreciación de Pizarnik sobre la novela negra? ¿Piensas que hay alguna relación especial entre tu escritura y las de autoras como Alejandra Pizarnik, Sylvia  Plath o Clarice Lispector?

Alejandra Pizarnik está presente en el último poemario que he publicado, La mujer cíclica, porque el libro quiere ser, además,  también una forma de reconocimiento, un guiño y un tejido de sustrato con voces de autoras que me han formado como lectora; está ella y están otras muchas autoras de fondo, Lispector con más fuerza que Plath, por ejemplo, pero también Safo, Djuna Barnes, Marguerite Duras,  Hanni Ossott, Marina Tsvetáieva,… A Pizarnik la leí justo en la adolescencia, en una edición de Visor de sus poemas escogidos, y en en aquel momento es cierto que me impresionó su tratamiento de la tensión entre la vida y la escritura. Los puntos de contacto entre y con estas autoras que he nombrado los establezco por la misma idea de sustrato o de genealogías inaparentes, ocultas y discontinuas, a lo largo de la historia de la literatura, entre las voces  y el pensamiento de  las mujeres, generalmente invisibles para la visión canónica y patriarcal del poder literario. Como todo en el campo de la literatura, esta elección tiene que ver con el punto de vista: son, en general, las escrituras más rotas, desplazadas, no rectas, no centrales, las que yo prefiero.

Mi opinión sobre la frase que destacas del diario de Pizarnik es que en otro momento tal vez la podría haber suscrito, pero ahora no; creo que es posible escribir sin decir esas palabras, no solo elidiéndolas, sino construyendo un mundo de ficción donde ya no existan. Si nos ciñéramos a ellas, tendríamos que desterrar un grueso volumen de escrituras y de obras, dándolas por inválidas, no solo dentro de la novela negra, sino en cualquier otro género. Sin embargo, hay algo que raramente se destaca cuando se piensa en Pizarnik (en su imagen tópica de suicida atormentada) y es su trabajo con la risa, con la ironía y el humor negro. Creo que allí ella misma tenía su campo de minas propio para hacer saltar, en parte, la idea de ésa y otras frases que aparecen en sus diarios.

 No preguntaré qué es la literatura, porque en tanto que has estudiado Teoría de la Literatura, estamos seguros de  que tienes unas cuantas decenas de respuestas, si no más. Pero sí que nos atreveríamos a preguntarte…: ¿Qué significa la Literatura? ¿Qué quiere decir? ¿Y qué significa para ti?

Es muy difícil contestar a eso. La respuesta que se me ocurre, en abstracto y desde mi idea personal, es que la literatura es el espacio de la posibilidad.

 Codiriges la revista Kokoro, medio digital de interés indudable. En tanto que poeta y lectora habitual, ¿en qué medida valoras las nuevas tecnologías como medio de escritura, expresión o incluso distribución de material literario? ¿Hace más bien que mal o al revés?

Creo que no podemos  permanecer ajenos al cambio que ha significado internet en nuestra relación con la lectura y la escritura; yo no pienso demasiado en ello porque ya lo llevo muy incorporado a mi práctica diaria, ha transformado mi percepción, por eso no hago un juicio sobre si hace bien o mal a ese nivel, simplemente es el medio con que estoy ya familizarizada, donde me muevo y trato de experimentar en él las cosas que me interesan. Sobre el tema de la distribución, o la visibilidad de las propuestas, creo que sí es muy beneficioso; por ejemplo, una revista como Kokoro, que hacemos porque queremos y sin  ningún interés comercial, sería muy complicado que llegara a un lector de México si no fuera porque es una publicación online.

 Si no estamos mal informados, hasta el momento, has publicado dos volúmenes de poesía: “Deriva” (PUZ, 2012) y “La mujer cíclica” (La Garúa, 2014). Las reflexiones, con máscara estética, que aparecen en tu último libro ponen sobre la mesa temas como el sujeto, la ausencia y el lenguaje. Y sobre todo parece como si hubiese un más allá del lenguaje que intentases mostrar y no explicar. Lacan, en su teoría psicoanalítica, habla de lo Real como aquello que está más allá de lo simbolizable, como una especie de trauma inicial que tiene sus efectos, pero al que nunca se puede acceder ¿Qué relación crees que existe entre el lenguaje y la realidad? ¿Hay nexo, hay punto de contacto? ¿La realidad es lenguaje? ¿Hay algo indecible?

 La mujer cíclica es un poemario en espiral, que contiene círculos viciosos, espacios claustrofóbicos, sin salida. La relación entre la realidad y el lenguaje me parece otro círculo vicioso; a partir de un determinado momento los poetas dejan de confiar en las palabras, en su poso venenoso, en su carácter de simulacro, y sin embargo siguen empleándolas para escribir, aunque sea para desactivar su carga, para darles la vuelta, para reflexionarlas. Entonces, ¿se puede escapar a eso?, ¿cuál es el afuera del lenguaje? Lo que comentas sobre Lacan me resultaba muy sugerente cuando lo leía; también Bataille habla de “lo imposible” en sus textos, que tal vez coincida con esa cosa indecible, que sin embargo también toma un nombre, o muchos nombres. Lo indecible no creo que sea lo inefable, sino simplemente lo que no conocemos. Hay una guerra con el lenguaje porque el lenguaje nombra también eso que no conocemos, a lo que no llegamos, y a lo que sin embargo ponemos un nombre.  Creo que en el caso español actual la poética que mejor representa esta lucha e interrogación sobre las palabras es la de Chantal Maillard.

Cambiando de tema… Otro de los temas controvertidos cuando se habla de creación artística y de literatura es de la relación de la obra con la realidad social. Aquí surgen esos debates, no siempre fértiles, sobre la posición del autor y el compromiso social. Hay quien dice que nadie escapa a lo político, y que cada gesto o palabra tiene su efecto social ¿Crees que en concreto la poesía tiene un efecto necesario sobre la sociedad? ¿Podría generar un cambio social significativo un poemario combativo? ¿Puede la poesía en general cambiar la sensibilidad de la gente y por tanto sus conductas? ¿O por el contrario la poesía es algo más relacionado con la vivencia persona y desconectado del contexto social en tanto que difícilmente puede tener alguna consecuencia?

 En realidad no creo en una poesía de la vivencia personal. Quien escribe poesía necesariamente adopta una máscara; hay el mismo pacto de ficcionalidad en la poesía que en la prosa, solo que en la poesía, desde el romanticismo, se propone una “identidad” entre el sujeto lírico y el sujeto empírico, entre el yo que habla en el poema y el yo que lo firma. Pero esa identidad es una identidad teatral, dramática: es ficción, una ficción que se ha ramificado, radicalizado y derivado después hacia distintos lugares, algunos muy interesantes, porque muestran sus propios límites; pienso en la obra de Artaud, por ejemplo, que trabajando sobre esos aspectos tiene una intención claramente revulsiva y política. De un modo u otro, la poesía, como cualquier obra, aspira a comunicar y comunicar es intervenir y transformar, aunque el efecto que tenga en el exterior sea relativo, como un movimiento de fichas casi insignificante del que no podemos medir en un primer momento las consecuencias; si las lecturas que hemos hecho nos han cambiado y posicionado, ¿por qué no va a poder hacerlo la propia escritura?

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Hemos visto que no hace mucho hubo una lectura de tus poemas con un dúo de jazz, que te acompañaba mientras recitabas ¿Sueles realizar este tipo de actuaciones, digamos, híbridas? ¿Qué piensas que puede aportar la conexión entre las distintos tipos de creación artística, musical o literaria?

 Me interesa la mezcla entre literatura y música como espectadora, y me gustó experimentar también con ese formato, que he practicado, en este caso, con un amigo escritor, Juan Vico, y dos músicos, Néstor López y Àngel Blasco. Lo interesante, desde dentro del espectáculo, creo que está en el nivel de la atención y de la escucha interna. Hacer cosas con otros, en especial con músicos, te obliga a abandonar el lugar clásico de la escritura o la lectura, que suele ir asociado al solipsismo; por eso tantas lecturas poéticas resultan muy aburridas. Desde fuera, creo que si está un poco trabajada la correspondencia o la diferencia entre la voz, el texto y la música, lo que resulta es más comunicativo y rico en matices.

 Llega el momento de la lista. Es decir, dinos diez obras que te hayan influido especialmente. Pueden ser libros, películas, discos, cuadros, esculturas u otras cosas.

Persona de Ingmar Bergman/ Chelsea girl de Nico/ Horses de Patti Smith/ El hombre jazmín de Unica Zürn/ La especie humana de Robert Antelme/ El cuerpo lesbiano de Monique Wittig/ Kaddish de Allen Ginsberg/ El centro del mundo de Angélica Liddell/ El sobrino de Wittgenstein de Thomas Bernhard/ El bosque de la noche de Djuna Barnes.

Los Archivos De Beauvoir es una publicación que muestra y analiza la obra cultural realizada por mujeres. Pese a todos los problemas teóricos y de base que a veces nos genera a nosotros mismos a la hora de elaborar cada número, siempre logramos descubrir una cantidad inmensa de mujeres que están realizando una obra interesante y digna de ser conocida. En tu caso nos gustaría saber tu opinión no tanto sobre la teoría o el debate de género como sobre los problemas que puede haber en el mundo de la literatura, de la poesía en tanto que mujer ¿Qué obstáculos y qué ventajas existen para una mujer que se quiere abrir camino en el mundo de la literatura?

El de la poesía es solo un micromundo en el contexto social que nos rodea y creo que sí es un contexto misógino y controlado por una determinada mirada masculina; por lo tanto, ese micromundo también reproduce, en su escala, los mismos problemas. Justamente este año, una poeta y realizadora, Sofía Castañón,  acaba de estrenar “Se dice poeta”, un documental sobre el papel de las mujeres en el ámbito poético en que 21 autoras exponen su visión sobre el tema, en lo que a mí me parece una reflexión muy necesaria. Y es que lo que Virginia Woolf decía en Una habitación propia sobre los efectos de la pobreza en la mente (sea una pobreza material o simbólica) y sobre la falta de tradición de la literatura hecha por mujeres creo que continúa teniendo sus efectos en nuestros días. No existen demasiadas referencias y las que existen se suelen ver como apartes, excepciones; hace poco hablaba con un chico que me comentaba que Clarice Lispector “no escribe como una mujer porque hace una literatura metafísica.” ¿Pero cómo escribe una mujer? ¿Y cómo es vista una mujer que escribe en el ámbito literario? Porque no solo topamos con la cuestión de la visibilidad y la presencia o ausencia, en términos casi de “cuotas”, de las mujeres en antologías, premios o festivales, sino también con cómo todo esto repercute al nivel de los estereotipos, de la búsqueda estética y también del mismo lenguaje. Para mí sigue quedando como un lugar abierto a la exploración y como una pregunta.

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Reseña de “La mujer cíclica” en la Revista Quimera, por Isabel Mercadé

 El deseo de la palabra

por Isabel Mercadé

Desde el origen del mundo, o por lo menos desde los orígenes bíblicos, la mujer ocupa en el inconsciente colectivo el lugar de lo torcido. Y es precisamente ese lugar el que ahora conscientemente elige Laia López Manrique: “Elegí hablar desde una fractura, desde lo torcido”, porque también eso, hablar, es lo que la autora ha decidido, a pesar de esa ofrenda inicial: “Todo este silencio es una ofrenda./Un reflejo./Estoy viviendo una vida que no me pertenece.”, silencio que no es exactamente el suyo, o no solamente, sino el acumulado involuntariamente por un género durante siglos. Y López Manrique lo hace, habla a través de unas imágenes impecables y precisas que casi alcanzan aquello que, según Wittgenstein, puesto que no era posible decirlo, valía más callar, y  que Lacan llamó lo Real. Imágenes, pues, que golpean el inconsciente hasta abrir o encontrar esa fractura, esa brecha necesaria para recuperar un atisbo de significado.

Si Lacan lo llamó lo Real, López Manrique, siguiendo la estela junguiana, lo llama la Sombra. Y con ese nombre rinde homenaje en la segunda parte del libro a aquellas que anteriormente intentaron, aunque fuera fracasando (pero ya sabemos, como advirtió otro experto en silencios, que no era tanto el triunfo, sino el fracasar mejor lo que podíamos perseguir con cada nuevo intento), encontrar ese resquicio desde el que articular algo más que un balbuceo.

Ese homenaje no se da solo en la segunda parte, “A las que abrieron la sombra”, sino que también la primera, “La mujer cíclica”, constituye un tributo a las voces que han intentado ese fracasar mejor y que, reconoce la autora, se encuentran en ella del mismo modo que pueblan a todos y cada uno de los yoes que conforman al personaje múltiple y fragmentario que somos, perdida desde hace ya décadas la ilusión de una individualidad unívoca.

Pero el libro de López Manrique no es solo un homenaje, es, sobre todo, un poemario iniciático, la historia de una iniciación femenina en todo aquello que como tal le concierne: la infancia: “Cuando digo «infancia» mi cuerpo ya no tiembla, mis garras no se encogen”, la identidad: “Apenas. Ser lo (…). Criatura que no llena un sintagma, que solo araña sus esquinas.”, el amor: “Y sin embargo, el amor a través de ti quiso ser carne. Tacto hacinado. (…) Eso es mi amor. El amor de los traidores y de los suicidas.”, el deseo: “La noche me invita a bajar la escalera babélica del deseo. Soy torpe. (…) Qué suerte que los zapatos no son de cristal.”, el cuerpo: “Eres la multiplicación de un cuerpo de la infancia en ti coinciden los ángulos las quiebras el derrame que retuve no sin dolor no sin rabia”, las palabras: “En la casa había una herida abierta. Un surtidor. De allí recogí las palabras para hacer más visible la grieta que me funda.”, la voz: “comprender la voz y no lo que se escribe”, la escritura: “Lo que me asusta no es callar, es no saber encontrar la palabra que atenaza mi deseo”.

En ese recorrido, la autora ofrece un dominio sorprendente de la imagen, la metáfora, la metonimia, el ritmo, las repeticiones, todos los recursos literarios de que se sirve para alcanzar esa difícil fluidez de la escritura tras la que se oculta –el lector más avisado lo sabe- un enorme trabajo de elaboración y reelaboración. Y el resultado es esa precisión punzante, esa voz poética que dice, y dice tan bien, la condición femenina.

Blog de Isabel Mercadé: http://lispectortesis.blogspot.com.es/

Web de la Revista Quimera: http://revistaquimera.com/

Entrevista en Psychonauts

Pulsar sobre la imagen para leer la entrevista en Psychonauts.

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Reseña de “La mujer cíclica” en Revista de Letras, por Albert Lladó

“Escribir es, desde esa toma de consciencia, convertirse en bisturí y cuerpo diseccionado. Por ello el verso y la prosa conviven en un mismo incierto trayecto, en un mismo obstinado ensayo. La escritura es un tránsito cíclico, sin pasarelas, que viaja hacia uno mismo. Pero sin inventarios ni escrutinios.

“Tus ojos ven memoria. El goteo de lo que escribe es memoria”. Y si hablábamos antes de la toma de consciencia es porque, aún sin saber los resultados, la poeta ha decidido “dar relieve y aliento” a su infancia. La memoria, leemos, es materia, es cuerpo y no silbido. No se habla desde la piel. Se es piel hablada.
La voz ha ido reivindicando sus vértebras, su torso, sus hombros. Y la nuca, “desvío occipital”, dibuja lo fractal que hay en el atlas portátil: “Mi cuerpo es la razón/ la única razón/ que me ocupa/ y me basta”.”

Para leer la reseña completa, hacer click en la espalda de Simone Simon.

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Sexteto de amazonas. Claude Cahun, Violet Trefusis, Vita Sackville-West, Renée Vivien, Nathalie Barney, Djuna Barnes y la alargada sombra del dandismo femenino.

Sexteto de amazonas.

Claude Cahun, Violet Trefusis, Vita Sackville-West, Renée Vivien, Nathalie Barney, Djuna Barnes y la alargada sombra del dandismo femenino.

LAIA LÓPEZ MANRIQUE

Artículo aparecido en el dossier “El dandy y sus máscaras” de la Revista Quimera (marzo 2014).

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Puede resultar paradójico comenzar un texto acerca del dandismo femenino sosteniendo que, de hecho, el dandismo femenino no existe. La paradoja es necesaria, no obstante, pues si nos adentramos en los textos clásicos sobre los dandys, de Balzac a Barbey d’Aurevilly, de Baudelaire a Wilde, una de las características que encontraremos es la construcción de un mundo y un modo de vida esencial y exclusivamente masculinos, construidos en base a la singularidad y la distinción, la elegancia ociosa y el cultivo de una pragmática de la apariencia que tiene que ver con la equiparación del hombre a la cosa a través de la moda. Se trata del gusto en la cosificación de la figura humana que Benjamin tan bien definió a la inversa con la atribución de vida y sensualidad a los objetos inertes: el llamado “sex-appeal de lo inorgánico”. El dandismo aparece prefigurado, pues, como una forma de vida propia de hombres, de aristócratas y también de desclasados arribistas, que convierte al individuo en una imagen original y única, siempre cortada a medida, y define al mismo tiempo todo un código de refinamiento en los modos, el lenguaje y el comportamiento.

En literatura, en arte y también, por qué no, en política, el gesto femenino es esencialmente el de la reubicación y el desplazamiento. Las mujeres se inscriben casi paródicamente en el eje previamente fijado haciendo que rote su sentido; y cuando hablo aquí de “parodia” estoy hablando en concreto del significado que este concepto tenía para Mijail Bajtín, en cuanto forma de polifonía en la cual el discurso paródico (de la “palabra ajena”) entra en conflicto con el discurso parodiado o primario: “La segunda voz, al anidar en la palabra ajena, entra en hostilidades con su dueño primitivo y la obliga a servir a propósitos totalmente opuestos. La palabra paródica se convierte en arena de lucha entre dos voces”. En el caso que nos ocupa, el del dandismo, ocurriría algo parecido. Si bien las mujeres dandys no han existido en cuanto tales en la historia, sí han existido mujeres en el ámbito de la creación que, sobretodo en el siglo XX, han asumido y dialogado con esa “palabra ajena” (la del dandy escritor o artista, radicalmente segregado, independiente y distinto) para, una vez en sus manos, transformarla.

Un primer ejemplo de este gesto, que no procede directamente del mundo literario sino del ámbito de las artes visuales, es el que realizó Claude Cahun (1894-1954), cuya obra fotográfica ha sido, al menos en la última década, revisitada y difundida en España. Cahun, que era sobrina de Marcel Schwob y cercana a los surrealistas, y más conocida en vida por los libros que había publicado que por su trabajo artístico, lo es hoy en día sobretodo gracias a la larga serie de autorretratos que hizo desde los años diez hasta finales de los años cuarenta. En principio estos autorretratos no eran hechos para la visibilización pública, sino para ser expuestos en círculos privados; ha sido la recuperación crítica posterior del trabajo de Cahun la que ha resaltado la calidad y el interés de las imágenes por encima de su obra escrita. En sus autorretratos, Cahun juega, como decía Duchamp, con la distancia entre el “je y el moi”, en un baile de disfraces autoficcional que incide en el intercambio y la multiplicidad de las máscaras, de los roles femenino y masculino y de la representación del cuerpo sexuado, no a partir de su desnudez, sino precisamente a partir de su funda, su traje, su vestido. En disfraz de hombre o de mujer, el cuerpo que plantea Cahun es un cuerpo des-erotizado como tal, porque se esconde, señalando, en cambio, la erótica del atributo, del adorno, de la mueca y de lo externo-incluso, como en los autorretratos con la cabeza afeitada, de la ausencia de atributos-: turbantes, vestidos de marinero, gafas, joyas, diferentes peinados, corbatas, maquillaje. El revestimiento, el aspecto: he aquí la piedra de toque del dandismo, que establece casi una verdadera metafísica de las apariencias; para el dandy, el conocido dictum de Berkeley “esse est percipi” (“ser es ser percibido, percibir”) bien podría derivar en “ser es ser aparente”. Y aquí es donde el aguijón paródico, subversivo, de Cahun entra en juego. Porque no se trata, en el caso los autorretratos masculinos de la artista, como sí lo era en el de Rrose Sélavy-Marcel Duchamp, solo de un juego de espejos con el travestismo, sino de un cuestionamiento y una profanación de los límites que tiene como sentido último, tal vez, mostrar que la identidad es una red desfondada, que no existe una identidad fija o verdadera.  Si “ser es ser aparente”, ser (hombre o mujer) podría considerarse también una construcción, un artificio posicional. Desordenando y mezclando las cartas de lo aparente, obtendremos la suma de todas nuestras identidades posibles.

Abandonando a Cahun y cambiando de escenario, podemos hacer una parada en Kent, donde tuvo una de sus residencias principales la ambivalente y aristocrática escritora Vita Sackville-West (1892-1962). La figura de Vita alcanzó proporciones míticas gracias a la pluma de sus principales amantes femeninas, que fueron Violet Trefusis y Virginia Woolf, y a la de su hijo Nigel Nicolson, quien describió la relación abierta y la bisexualidad de sus padres en el libro Retrato de un matrimonio. Tal vez sea Vita el ejemplo menos intencionalmente “paródico” del así llamado dandismo femenino; tomada como imagen, la idealizada, contradictoria y compleja amante y amada que queda reflejada en la correspondencia de Violet Trefusis y la intrépida (y también intrépido) Orlando que dibujó, inspirándose en ella, Woolf en su novela, se alejan y se acercan, tocándose por los bordes. Siguiendo la categorización que Honoré de Balzac, jocosamente, realiza en su Tratado de la vida elegante, Vita vendría a encarnar un equivalente, en calidad de mujer, de los usufructuarios de la llamada vida elegante u ociosa: aquella que, según el francés, consiste en “el arte de animar el reposo” y que, en su caso, es además complementada por las prerrogativas de la vida de artista, para la cual “la ociosidad es un trabajo, y el trabajo un descanso”. Vita Sackville-West es muy frecuentemente considerada un modelo de libertad femenina, una libertad que en cierta época se ejercía y se compraba únicamente con dinero, y de la que ella gozaba en virtud de su posición social. Violet Trefusis, en su correpondencia, delinea e interpela al personaje de Vita Sackville-West desde la pasión desesperada y fantasiosa que le despierta una mujer que, como ella misma, quiere -y en cierto modo puede- entregarse casi por completo al arte y a la literatura.  Y sin embargo, para al ejercicio de esa libertad, existen límites; en una de las cartas que dirige a Vita en enero de 1918, Violet Trefusis habla de la dramática contradicción que, en la figura de su amante, existía aún entre la mujer y la artista. La mujer, al entrar en sociedad y ceder a la maternidad y al matrimonio, olvida a la artista, quien duerme relegada a un segundo plano durante un tiempo. Pero “un día la artista despertó y encontró la estancia de sus sueños encogida y distorsionada; las ventanas se habían vuelto tan pequeñas que apenas podía ver por ellas, los brocados estaban descoloridos, los damascos y satenes colgaban como fláccidos fantasmas de fláccidos clavos. Presa del pánico, corrió a la ventana; vio a una mujer jugando sobre el suave césped con un niño risueño. Inmediatamente se encontraron.  Se hallaron frente a frente: la mujer serena, imperturbable, cariñosa; la artista desafiante, celosa, irritada más allá de lo soportable. Y la artista se burló de la mujer. Pobre artista: gitana desaliñada e irresponsable, era más de lo que se podía soportar. Ahora la mujer pertenecía en cuerpo y alma a su esposo y a sus hijos, pero la artista no pertenecía a nadie, o más bien a la humanidad (…) La combinación de la mujer y la artista había producido una especie de mentalidad tan rara como sublime; un artista, ya sea en pintura, música o literatura, ha de perteecer a ambos sexos, su criterio es bisexual, debe ser completamente impersonal, ha de poder ponerse con impunidad en el papel de cualquiera de los dos sexos.”

Violet y Vita, unidas desde la niñez y cuyo amor intermitente se extendió a lo largo de más de diez años, escaparon juntas en ocasiones a varias ciudades europeas, entre ellas a París, donde cambiaban de identidad en un nuevo juego de máscaras; allí, Vita se convertía en “Julian” (su trasunto masculino) o en “Mitya” (su trasunto femenino), y ambas fingían vivir por espacio de unos días o semanas una especie de vida bohemia. El aspecto teatral de estos viajes sumía a Trefusis en un estado de éxtasis que terminaba en desengaño al regresar a Inglaterra, donde las amenazas de escándalo y las estrictas convenciones de la alta sociedad británica suponían un fuerte obstáculo a su relación. La camaleónica Vita se movía con soltura entre las reglas; en cambio, Trefusis las despreciaba intensamente. Sus deseos de huir de manera definitiva con su amante y hacer de esa vida imaginaria una vida real jamás se cumplieron.

Y es, justamente, en el París de los años 10-20 donde encontramos el salón de Nathalie Clifford Barney, la Amazona (1876-1972), una rica americana afincada en la capital francesa que reunió en su casa de la Rue Jacob a las más destacadas personalidades de la época. Por su salón, que se mantuvo vigente hasta los años 60, pasaron personajes tan célebres como los escritores André Gide, Pierre Louys, Ezra Pound, Jean Cocteau, Scott Fitzgerald, Mina Loy o Djuna Barnes, la librera Sylvia Beach, la periodista Janet Flanner, las pintoras Tamara de Lempicka o Romaine Brooks o la bailarina Isadora Duncan. Nathalie Clifford Barney escribió toda su obra en francés, y su primera y temprana obra poética, publicada en 1900 bajo el título Quelques Portraits-Sonnets de Femmes, fue secuestrada por su propio padre al tratarse de un poemario que cantaba abiertamente el amor lésbico. Barney fue, a través de su vida y de su obra, una feminista, defensora en la tribuna pública del lesbianismo y una suerte de panegirista de la poligamia y del amor libre. Mantuvo relaciones con numerosas mujeres, casi todas ellas simultáneas en el tiempo; impugnando siempre la idea de la pareja, se definió a sí misma como perteneciente a una clase de “terceros”: “los que no quieren estar ni solos, ni juntos.” Tal vez una de las relaciones más importantes de su vida fue la que mantuvo con la poeta, también de origen norteamericano, Renée Vivien, llamada la “Safo 1900”; su vínculo, muy fructífero para ambas a nivel creativo, en el terreno de la poesía se concretó en la búsqueda de de una iconografía y un lenguaje propio para expresar el amor entre mujeres. En el caso de Vivien, esta búsqueda se expresa en la intertextualidad y el diálogo específico con los poemas de Safo, y la traslación de los motivos sáficos a su época, mediante un lenguaje poético simbolista (ya en desuso). En el caso de Barney, pese a que su escritura fue también prolífica, su verdadero interés siempre residió en “convertir mi vida en un poema.”

En la obra de Djuna Barnes El almanaque de las mujeres (1928), Nathalie Barney es presentada como Evangeline Musset, la santa evangelizadora del amor entre mujeres. Barnes escribió el libro en forma de almanaque medieval, y adoptó para él un inglés isabelino, exponiendo en él la vida y milagros de la Dama Musset y los usos y costumbres de su comunidad de mujeres parisina, con grandes dosis de ironía y el más crudo sarcasmo. Barnes compara al personaje inspirado por Barney con los dandis; como ellos, Musset, “como un Disoluto Vividor con sus Guantes y su Fustán, abría bien los Ojos cuando salía de Paseo.” El elemento paródico en el libro de Barnes es muy vívido y llega a extremos casi sangrantes; contra la mistificación del amor lésbico de Vivien y la vindicación de Barney, Djuna, escalpelo afilado en la mano, lo radiografía, lo disecciona y a su vez contribuye a la creación de su mitología y sus rituales. El almanaque de las mujeres es un guiño para iniciadas, un retrato de la comunidad de mujeres a la que Barnes estuvo cercana y es un  libro paródico porque, a través de un lenguaje ajeno, incorpora un aspecto transgresor que lo desdice, y porque afianza, con un gesto doble de fijación y de retirada (tan típico de Barnes, por otro lado) una visión nueva, en absoluto trágica, de las mujeres y sus relaciones, sus cuerpos, su sexualidad y sus intereses. A la muerte de la Dama Musset, sus acólitas “le esculpieron muchas Lápidas, se escribieron para ella muchos Poemas y Epitafios y, al final, la colocaron sobre una gran Pira y la quemaron hasta el Corazón, calentando con sus manos la Urna en la que sería depositada, como la buena bebedora de vino calienta su copa. Y cuando fueron a recoger sus Cenizas, todo se había quemado menos la Lengua, que llameaba juguetona sobre el montoncito que había sido ella, negándose a ser Ceniza.” Esa lengua viva, la lengua que se niega a ser ceniza, es el testigo y la huella de la libertad femenina, de sus palabras y de su acción.

Reseña de “La mujer cíclica” en La Galla Ciencia

Jean Paul Caribdis firma la reseña que ha aparecido hoy en La Galla Ciencia, una revista de poesía conducida por Joaquín Baños Rubio, Noelia Illán Conesa, Samuel Jara Miñano y Manuel Pujante.

“Los poemas de Laia López Manrique nos reconcilian con el quehacer poético. Es una poesía que se erige en rito musical del pensamiento, en razón de un ejercicio sólo al alcance de los más sutiles. Al terminar el libro sufres la suerte de todos los personajes y las vidas que se desbordan en estas páginas, porque en el fondo no son más que tentativas de comunicación, intentos para compartir espacios secretos, confidencias a veces tiernas y a veces desvestidas de pudor, mapas que nos guían a encuentros reparadores o llamadas pasionales o alertas de socorro o advertencias.  La mejor parte del libro, Las que abrieron la sombra, es un homenaje excelente a sus referentes literarios y vitales, en esa mezcolanza que es hoy nuestra memoria, plagada de imágenes provenientes de mundos diversos, dispares, fragmentarios, deslavazados.  En esta parte Laia, antes de escribir su propia historia –que vendrá-, al igual que hacían los antiguos romanos cuando celebraban los orígenes de sus ciudades, Laia, digo, celebra en estos monumentos literarios el origen de su poesía, sus cimientos, su tradición. (…)

Porque a eso quiero ir, a esa fractura irreversible que nos traslada la poeta entre el referente externo y el significado interno de la palabra. A veces parece que nos encontramos ante una escritura automática, cautiva en el libre albedrío de su propia fluencia, otras veces es un decir reflexivo, vivificante, del pensamiento. Pero realmente es al final un decir que se recrea en la construcción de su discurso, adoptando diferentes tonos estilísticos, llegando allí a un tono salmódico (Anactoria) y aquí un verso con nervio y lúcido, de un poder sutil (Epéntesis). Me gusta más cuando camina por la poesía narrativa, porque lo hace de manera menos trillada hasta solidificar esa otra experiencia de la vida que son sus poemas. En estos poemas en prosa la sensación de acción, de “historia que continúa” viene sugerida por la sabia gradación del orden de las ideas, que crecen en intensidad, en exploración sensitiva, hasta llevarnos a un final donde de repente la voz a veces se pregunta, o se confunde, y nos confunde. ”

Para leer la reseña completa en la revista La Galla Ciencia, hacer click sobre el sombrero de Isabelle Eberhardt.

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