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El mar está sucio

 

(Ilustración: Pablo Gallo)

Miro el vómito debajo de mí. Lo toco con los dedos. Enfrento el asco como algo que merece ser observado muy de cerca.

Estoy sentada con las piernas abiertas, como los niños que hacen castillos junto al agua. Entre mis piernas, el vómito. Más allá de mis pies, el mar naciente.

Soy inmunda como un pájaro muerto en la calle, como una esquirla que salta hacia el ojo.

Me rodean los hombres y mujeres del mundo limpio, casi desnudos.

Ellos no saben que también son inmundos con sus carnes al sol.

Si no estuviera en esta playa y tuviera a mi alcance una lupa, me gustaría investigar los fragmentos del vómito, su desigual textura, sus matices. Pero no es posible. Tendré que conformarme con el tacto, con la visión de la papilla en la arena quemada.

*****

Puede que cielo sea azul, pero el mar está sucio.

Mientras todos fingen callar y untan sus cuerpos con aceites, mi vómito aúlla en el centro.

Mi vómito señala la suciedad del mar en la playa.

Es casi una ofrenda, una coronación de todo límite. Lo que quedará de mí sobre la arena sin sombra, cuando las pisadas se marchen.

*****

No he venido a esta playa a ser feliz. No he venido a veranear. Odio los granos de arena en mi escote, las gotas de sudor en la espalda, la luz que cae sobre mí como una losa roja y me tira encima de la tierra. Me vence.

No me gustan los turistas que hierven encima de las tumbonas, ni las señoras que se agitan con sus revistas debajo del parasol. Me gustan, en cambio, las mujeres chinas que venden masajes a cinco euros. Ellas saben cómo molestar. Ellas, con sus manos pequeñas y su inadecuación, tan humeante como la mía.

Me he hermanado con ellas a través de este acto, en apariencia tan simple, aunque lo ignoren y vuelvan la cara al pasar a mi lado, como los otros.

*****

Ellos creen que se van a lavar en el mar. Que el agua salada se llevará toda la mierda encendida como luminaria en su cuerpo. Creen en la posibilidad de neutralizar la carne, como si ésta fuera algo más que tiempo malgastado.

Comen, beben y juegan en la orilla. Mean y defecan en el agua, a buen resguardo de la mirada ajena. Nadan poco, lo bastante como para ocultar su fealdad justo hasta la altura del cuello. Cuando no tocan fondo, se alarman y patalean en silencio con el rostro contraído. Después sienten alivio porque ya están a salvo, y corren pesadamente hasta su sitio. Porque tienen un sitio.

Todo esto lo sé porque alguna vez quise ser como ellos. Entrar en su construcción, que no tiene murallas. Para hacerlo no hay más requisito que existir sin duelo, sin despecho. En la pureza del orden.

Pero hoy, en cambio, he venido a esta playa a vomitar en la orilla. Me he manchado también la parte de arriba del bikini. Ha ocurrido por necesidad, no por azar. He dejado aquí encima el sedimento que me disuelve. Y lo he tocado.

Ha sido el rito exacto de la separación, del desarreglo.

*****

Ahora podrán decir que estoy perdida. Y dirán bien. No les llevaré la contraria. Dejaré que tracen mi historia en vertical. La historia de mi sarna. Les hará sentir fuertes, protegidos. Anclados.

Pero el vómito es muy distinto de algo que pueda ser fijado en un punto.

Me pregunto si un vómito tiene un final como lo tienen los cuerpos.

Porque lo que se condensa en el vómito es lo inabarcable. Lo que se ha de mezclar. Lo grumoso. Lo que no tiene concordia.

Como una voz afónica que nunca se define. Su espesa envoltura de monstruo.

Tengo que llegar a esa tesitura.

Por eso, ahora dejo caer mi cabeza entre las piernas, mojo mi cara contra el vómito, depongo en él mis ojos, los froto a su favor, y las fibras vivas de mi pelo se ensucian de pringue, sal y barro. Quedo suspendida. Respiro fuerte. El olor del vómito es profundo como la lluvia en las alcantarillas.

Debo parecer una suplicante tendida ante un altar.

Solo yo sé con qué me he congraciado.

*****

El vómito es un lenguaje. Una jerga carcelaria.

Sus únicas reglas son la aleación y el desatino.

Cae, empapa y se seca en cualquier lugar. Ahora, frente al mar, está en latitud de riesgo. Se lo pueden llevar las olas en cualquier crecida y se convertirá en una lengua muerta.

De algún modo, esa es la ley de toda materia. Yo misma podría ser arrastrada.

*****

El sol ya no arde.

Sigo delante del vómito. No me he movido.

Los bañistas me esquivan cuando pisan la arena. Hacen muecas de desprecio que veo por primera vez, aunque antes ya las sospechaba a mis espaldas.

Las figuras del vómito se van desaguando. Se dibujan los restos de comida, las infiltraciones. El líquido está a punto de desaparecer.

Aun así, yo no me voy.

Me quedaría aquí hasta que cayera la noche, a la intemperie, guardando mi don hasta el hartazgo.

Tal vez alguien tendría entonces la bondad de empujarme al agua. Obligarme a purgar mi cuerpo. Ahogarme. O preguntarme si me encuentro mal en mitad de toda esta porquería.

Pero no voy a morir en el mar. No he venido a esta playa a morir ni a ponerme enferma. Y el agua no me limpia.

Si alguien me tocara para ayudarme, impregnaría su brazo de vómito. Porque ellos solo toleran el tacto estéril, desprendido, yo les haría notar mi asqueroso roce.

He venido simplemente a ser obstinada en mi indecencia, en mi rechazo.

*****

El vómito es la prolongación obstinada de mi cuerpo.

Yo soy la prolongación obstinada de mi forma y de las palabras que hicieron de mí un instrumento de percusión ciega.

Ellos son la prolongación obstinada de sus paredes de casa blindada, de sus certezas.

Es la obstinación sin objeto lo que queda al fin como poso de la vida.

Como escribir es construir obstinadamente estas frases sin finalidad y sin enmienda.

Publicado en agosto de 2011 en la web de DVD Ediciones (Vacaciones aún más críticas). Este texto forma parte del libro inédito «Breviario de fugas», ilustrado por Pablo Gallo

Mujeres en tiempos de oscuridad, III: Unica Zürn o el trazado infinito

Notas sobre El hombre jazmín. Impresiones de una enfermedad mental. (Madrid, Siruela, 2004)

(I)

Hay autores a los que no leemos sin experimentar una profunda conmoción. Que, al leerlos, sentimos que también, de algún modo, nos escriben. Que en el mismo filo del cuchillo con que apuntalan su piel está la nuestra, dispuesta a ser atravesada.

Tal vez sea esa experiencia (a la que podríamos llamar vértigo, ante la incapacidad de encontrar otro nombre para designarla: aquí, con independencia de su validez, el mito del reconocimiento ya no sirve) la que da un sentido y un alcance nuevo al acto de la lectura. Una experiencia que nos reúne con la horizontalidad de la noche, con el otro orden que es el que Freud decía que existe en el texto de los sueños. Es esa clase de lectura la que consiente en la transformación necesaria que pasa por abrir canales, allí donde amenaza con cortarse el pulso. Donde asoma, espléndida en su carnal llamamiento, la fascinación.

Leer El hombre jazmín de Unica Zürn (Berlín, 1916-París, 1970) es crudo y difícil. Se parece a mutilarse y palpar la sangre en el espacio vacío de la herida. ¿Qué había allí antes de herirme? Había presencia. Después de Unica, quedan las sensaciones hechas de palabras contractas y la certeza de que esas palabras podrían no existir, de que no son más que la expresión de nuestra incapacidad para esparcirnos, para ilimitarnos. Las palabras como corpúsculos que atrapan lo que las cosas no son, porque las cosas, de suyo y en la mente o distrofia que a menudo las cruza, no están separadas. Están en contacto unas con otras; hierven juntas en la cinta que las arrastra.

En Unica Zürn todo es parataxis, todo se suma. Las ideas se montan, se conducen entre sí en una cadena incontable, con dolorosa naturalidad. No hay subordinación entre ellas, hay pura correspondencia: esto significa esto otro. Las palabras y las cosas son índices que apuntan hacia un mismo lugar: el yo henchido y lacerado de quien narra. En esa línea está inscrita la propia historia de Unica, la que cuenta en El hombre jazmín: la historia de su deriva, de sus sucesivas crisis esquizofrénicas y sus internamientos.

(II)

¿Quién es el hombre jazmín? Es la presencia brumosa que controla los pensamientos de Unica, aquel a quien ella se enlaza fielmente desde la infancia. El hombre jazmín es la voz que le habla, dirige sus actos, le conmina a interpretar las cosas de diversa manera. A veces, el hombre jazmín cristaliza en hombres concretos con los que ella se va encontrando: el artista Hans Bellmer, el poeta Henri Michaux, dos figuras clave en su vida personal y artística. Unica lo imagina como un gigante de tres metros de estatura y ojos azules. Es paralítico, como lo será Bellmer cuando contemple estupefacto el suicidio de Unica en su casa de París.

El hombre jazmín es también la expresión de un deseo: el de escapar de la prosa de la realidad , de su agua insuficiente. Recoge la frustración de la niña que, a los seis años, tiene un sueño magnífico en el cual era capaz de atravesar un espejo, como quien abre una puerta, y descubre al despertar, para su horror, que detrás del espejo no hay nada. El hombre jazmín se presenta, entonces, como “infinito consuelo”. Salva a la niña de esa desproporción entre sueño y realidad a través del don de la locura. También la salva del juicio ajeno, del daño que inflingen los otros, encapsulándola. “Si está loca, le será posible divertirse sola. Las ideas más hermosas e inconcebibles empiezan a florecer como el jazmín”, dice. El hombre jazmín es, entonces, germinación, generación, vida. También es un principio de pasividad, de lo que crece a través de ella. A lo que ella se encuentra indefectiblemente sometida y de lo que, sin embargo, está a su vez enamorada.

La locura dará, pues, también a Unica las herramientas de su poesía, de su obra: la alucinación y la búsqueda del significado infinito. De hecho, el relato de El hombre jazmín puede ser leído como la restauración de una identidad a través de una larga sucesión de alucinaciones y su contrapunto imperfecto, la otra (indeseada) realidad. Para Unica, la alucinación es belleza. El dolor está en la respuesta del mundo, incapaz de amoldarse a esa experiencia. Bajar al mundo después del delirio constituye el más absoluto desengaño. Y, con el tiempo, este desengaño comenzará a ser más y más pesado, hasta ocupar un lugar demasiado grande.

(III)

El manicomio es el lugar donde los síntomas de vida son limados, reducidos al máximo aplanamiento. Según la célebre formulación de Leopoldo María Panero en una entrevista, «el loco que entra en el manicomio hablando de la virgen sale de ahí no diciendo absolutamente nada”.

Durante su estancia en Wittenau, el primer psiquiátrico donde es ingresada por voluntad propia tras una detención de la policía, Unica Zürn descubre, al observar a las demás pacientes, el valor de la experiencia compartida de la locura. Con esto cae la fascinación, tras la envoltura que hay más allá, que son los otros: “las ideas de los locos”, sostendrá decepcionada, “se parecen todas”. A través del choque con este hecho se desata para Unica el proceso de desencantamiento: se da cuenta de la indisociabilidad entre la respuesta del mundo y su enorme, sobredimensionada, espera: “¿Qué ha esperado ella toda su vida con tanto afán?¿Qué ha esperado?”. Escribe: “La libération de l’esperance est la libération totale». Y llega la apatía, el infierno de la ausencia de deseos. El horror y la compasión, la tristeza al ver a las demás mujeres, cada una de ellas encerrada en sí misma. No le permiten salir de Wittenau, cuando se siente ya preparada para volver a vivir, para volver a escribir y dibujar, e intenta suicidarse cortándose con el trozo de una botella rota. No lo logra. Sin embargo, a partir de ese momento, percibe la que será la ley de su enfermedad: el ascenso y el descenso, la euforia y la depresión, una montaña rusa en movimiento constante. El medicamento gana la batalla a la alucinación y la deja exhausta, paralizada. La detiene.


(IV)

En Unica Zürn se da un curioso y significativo desplazamiento: ella sitúa la función rectora no en la mente sino en el plexo solar, la parte del cuerpo localizada entre el ombligo y el corazón, que actúa como centro de las emociones. Es la zona que se activa cuando se encuentra ante algo que la altera o la excita, cuando le ocurre o intuye la llegada de algo importante: “Su plexo solar empezó a caldearse y a lucir cuando ella conoció determinada música, literatura, personas, objetos de arte, todo aquello que es necesario para construirse el reino interior a lo largo de su vida». Y precisamente en la última alucinación con que la obsequia el hombre jazmín antes de desaparecer para siempre, ella, transformada en un escorpión, se da muerte clavando su propio aguijón sobre el plexo solar. De esta manera, Unica deviene huérfana. Cree que nunca más volverá a percibir la vibración de la vida, las respuestas que se esconden en ese ángulo de su cuerpo. Que, en definitiva, dejará de sentir.

(V)

Unica Zürn no pide palabras. Pide el dibujo infinito, la trama que nunca termina. Lo dice en El hombre jazmín: “yo deseaba seguir dibujando más allá de los límites del papel, hasta el infinito…” No hay saciedad para un deseo tan grande. No queda espacio, ni aire respirable.

Ese deseo expresa, en parte, la seducción de la locura. Es el mismo deseo que describe Robert Walser cuando habla de Hölderlin en uno de los textos que componen el libro Vida de poeta: la tentación de la libertad total, de radical soledad que se convierte en amenaza cuando escapa a la voluntad del individuo, la sobrepasa. Y encuentra siempre el obstáculo del desequilibrio, la separación que la vida impone y la mirada de los otros condensa.

Las palabras son un nudo precario. Antonin Artaud, otro artista que sufrió el azote del encierro psiquiátrico, sostuvo que “no ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible». Unica percibe que solo en su reverso late algo remotamente parecido a una verdad: la sugerencia. Lo que de hecho las palabras no dicen, a lo que apenas apuntan o tal vez vaticinan. Eso es el anagrama, la construcción que se halla oculta detrás de una frase, de un verso cualquiera. La concesión de la forma, que es la capacidad humana para destruirla y reordenarla.

Unica descubre, tanto en su poesía anagramática como en sus extraños y rizomáticos dibujos, las otras formas que habitan detrás de la forma. Las transfigura. Las busca incansablemente, hasta el agotamiento. La permutación como juego muestra la capacidad de modificar, de crear, arrastrando todo aquello que Unica esculpe a través del lenguaje. En ese esfuerzo sin límite no hay, una vez más, asomo de mesura. Por eso es arriesgado. Ella misma percibe, en su entrega al acto de la creación, en esa búsqueda voraz, el peligro. Y, sin embargo, en la obra está también la posibilidad de franquear la puerta que conduce a otro sitio. “Tener sueños, sin la facultad de plasmarlos en una obra”, es la limitación que impone la feminidad, de la cual Unica es consciente, y, cabe recordarlo, es también la marca que Michel Foucault atribuía a la locura, a la que distinguía como “ausencia de obra”, es decir, la imposibilidad del sujeto de autoproducirse en algo externo. Y esto se da, principalmente, a causa de la negación a aceptar la produccion del loco como obra, porque, en la actual construcción social, la locura es la frontera que define lo que es y no es la cultura. La locura así no deja de ser entendida como periferia de la razón, como privación o exceso, pero, en cualquier caso, como alteridad. Esto al margen de que el loco cree o no una obra, pues si su obra se integra en la órbita cultural ya no es considerada como tal, sino más bien como la “obra del loco”. Ahí reside el estigma y la barrera que niega, no ya la inclusión, sino el replanteamiento de qué sea la locura y la posición desde la cual se define y se trata.

(VI)

Cuando se plantea escribir la historia de su enfermedad, Unica Zürn advierte el zumbido que insinúa una posible recaída. Intuye que esa escritura significa dejar de tomar contacto con el mundo, aislarse de nuevo para descender después de la euforia hacia el medicamento, los cuartos grises, cerrados, la compañía de enfermeras y psiquiatras. Es la espiral en la que entró desde su primera reclusión en Wittenau, después en Sante Anne, después en Le Fond: espiral de desposesión y desencanto, que va reiteradamente de la ingravidez al peso insoportable. Y, sin embargo, se empeña en escribir el manuscrito, lo hace, lo termina. De ahí brota El hombre jazmín, esa peculiar inmersión textual en el delirio, en la fuente oscura y luminosa de una mente extraordinaria.

Como el escorpión que se hiere a sí mismo, como la inversión y equivalencia de la figura del 6 y el 9 en la que tanto insiste Unica (el 6 es el número de la muerte, el 9 el de la vida), asistimos en el El hombre jazmín al despliegue de una subjetividad que se busca en la curva, en el borde, en el mayor peligro. Circularidad, yuxtaposición y presagio son los índices que, en el relato, actúan como marcas de la nula linealidad del pensamiento, de la nula linealidad de la propia existencia. El hombre jazmín no es solo texto, es un lugar donde todo es retorno, donde el yo de Unica Zürn se desliza para encontrarse en el propio (espinoso) camino de la escritura, y que se cierra con una última pregunta, seguramente sin respuesta: “¿es esto una salvación?”.

Leer el artículo en Calidoscopio ( número de febrero-marzo de 2011)

El hombre que quería ser Harry Dean Stanton, para Panfleto Calidoscopio

Por Laia López Manrique

Siempre quise ser un hombre perdido, un hombre roto. Alguien que una mala noche bascula su vida y entorna los ojos con una mueca atroz, desesperada. Alguien que sufre en la opacidad de su celda, que se irrita por la calle, que mide las líneas de sus manos con temor, que vuela y se oculta en nidos infectos a plena luz del día y se retuerce en la culpa por un pecado insalvable de juventud. Mi vida como una superficie altamente inflamable, cubierta de rasguños, de fisuras que se hunden en mí descubriendo mi dolor, dejándolo a la intemperie. Un hombre que deambula sin tregua y recorre medio mundo en busca de su ración de hambre. Alguien que se busca y busca en los otros el daño como quien investiga huellas dactilares en el hipotético lugar del crimen. Un cuerpo al agua, un prófugo, un caminante sucio y reactivo. Como Harry Dean Stanton en la primera escena de París, Texas, uno de mis posibles ideales. Sin duda, me gustaría habitar esa escena como una guarida para el futuro. Vestir la misma gorra roja, el traje abierto y manchado de polvo, la misma barba sobre la piel grasienta, la mirada caída suavemente hacia abajo, tropezando con dos huecos de carne porosa y hojaldrada. Ser ese hombre, ese mismo hombre que se equivocó una vez y ahora regresa, con paso audaz, a través de honduras, raíles, llanos, carreteras abrasadas por el sol, desiertos donde escasea la hierba y donde, cuando cae la lluvia, la tierra, en lugar de limpiarse, se ensucia y se reblandece.

Pero la mala suerte quiso que yo fuera un hombre feliz, innecesariamente feliz y sedentario. Como un perro adiestrado, no conozco otro camino que el que me lleva a casa. Jamás he transitado por lugar alguno, jamás he dejado que el eco abismal de mis propias zancadas me transporte a sitios desconocidos o peligrosos. Jamás me he equivocado, ni he alzado la voz a nadie, ni he bebido absenta en tabernas de mala fama, ni he desmenuzado el pasado con la hiriente precisión de un cirujano. No hay pasado que explorar en mí. Estoy cómodamente instalado en la vida, en mi céntrica casa poblada de libros, de comida caliente, de holgura a fin de mes, de discos de culto, figuras de cerámica y carátulas de películas antiguas. Solamente a través de la soledad me comunico con Harry Dean y su personaje desarraigado, y cada noche, a eso de las once y media, ensayo torpemente su pose ante unespejo pardo que me devuelve, con mofa, mi reflejo burgués y su insoportable y estática simetría.

(Aparecido originalmente en la sección Espacio Inventado de Calidoscopio Panfleto Cultural, especial En el camino, marzo-abril de 2009.)

Bosquejo de geografía urbana

por Laia López Manrique

La ciudad dibuja mapas, palimpsestos, vidrios rotos de la ausencia.

En un cine del paseo de Gracia vi La pianista una noche de jueves.

En un estudio de la calle Acacias alguien me fotografió en traje, sonrisa y monóculo, abrazada a un maniquí con los ojos en blanco.

En la calle Rosellón un niño me pisó el pie derecho, le grité, me arrastró el viento cinco metros, traté de llorar en vano.

En la ronda San Antonio vi al diablo en persona.

En la plaza de la Virreina una mujer me esperó una tarde de mayo, con un libro marrón entre las piernas. La espié desde lejos; la vi leer, pasear por la plaza, preguntar la hora a un viejo, volverse sobre sus pasos, desaparecer.

En la plaza Urquinaona tuve miedo, comí un bocadillo sin hambre, me vi a mí misma temblando ante un escaparate, vi mi soledad pesada como losa de mármol, vi que no supe amar lo que estuvo a mi alcance, vi la parca terrible que cantan los poetas, y la rocé con el índice, y mi carne entera la deseó.

En el paseo Sant Joan dije mentiras, no tuve piedad con mi memoria, falté a la verdad sintiéndome –por vez primera– un poco más dueña de mí misma.

En el pasaje Font, un callejón que muy pocos han visitado, conocí una felicidad que no compartiré con nadie.

(Publicado originalmente en la sección ARROZ NEGRO de la revista BCN WEEK)

Reencuentro

Por Laia López Manrique

Cuando cumplió los quince años de edad, Níkos Zourganelis se dio cuenta: estaba él, y estaba, más lejos y por derivación, el resto del mundo. No le costó gran esfuerzo llegar a esa conclusión. Se le ocurrió, después de sopladas las velas, repartida la tarta, hechos los cumplidos y brindado con sus padres con la copa de vino, a solas en su cuarto, apurando una colilla.

Al saberlo, sintió una especie de alivio doloroso que se le instaló en el borde del intestino grueso. De todas las verdades que había conseguido retener, ésa era quizá la más importante, y también la más traidora. La anotó en un pedazo de servilleta en letras mayúsculas, y la guardó en su bolsillo derecho junto con unas monedas.

Al día siguiente, su despertar fue liviano. Sintió la gravedad de tener un cuerpo y la obstinada ingravidez de lo que no tiene peso ni plumaje. Se calzó las sandalias y fue a pasear cerca de su casa, con el sabor amargo del primer café cerrándole los labios. Tropezó dos veces con la misma piedra, por el gusto de ver sangrar su rodilla y luego lavarla, despacio, en una fuente. Recogió una lombriz y la dejó arrastrarse por su antebrazo, por su bajo vientre, por su espina dorsal. Todos los que le vieron dijeron que estaba loco, pero él se rió con gracia tendiéndoles la mano.

Supo que iba a morir, que iba a amar, que iba a estar solo. Se hizo promesas, tejió al menos tres destinos que nunca se atrevería a comenzar. Quiso que sus ojos fueran una cerradura donde algún torpe introdujera la llave equivocada, una llave de cobre, un color oscuro y mustio que le protegiera de la luz. Quiso que su cuerpo fuera un claustro de sacrificios y de desapariciones, un claustro de placer y de serrín caliente, de venas carcomidas. Su cuerpo un raíl, una mancha, una señal de humo, orín en la vejiga de algún preso, si bemol en la mano de un pianista, suma borrada en un cuaderno escolar, vino dulce en la boca de una mujer borracha.

Esa noche, a las doce en punto, cuando sus padres apagaron la luz, Níkos Zourganelis sonrió ante su reflejo antes de atravesar lentamente el cristal, con los pies descalzos.