Huellas de la ausente

por Laia López Manrique


la luz encendida

la cama deshecha

el maullido de un gato que mendiga alimento

un libro de poetas metafísicos ingleses

un cuaderno de cuentas y albaranes no escritos

un reloj que no avanza

una ramificación de huesos en el plato

un sendero de migas y pelusa

un hueco tedioso en mitad de la estancia

restos de piel muerta y limaduras

una uña rota en la repisa del baño

una toalla húmeda

la nevera vacía

trampas para insectos

dos pares de bragas de encaje sin tender

los trazos de un dibujo que no representa nada

una mancha

un grumo de sombras fugitivas

el eco de un silencio arqueado y sucio

y un cuerpo que deshabita el aire

y exige a la memoria un acto de presencia

Reseña de Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers, para Lletra de Dona (Centre Dona i Literatura, Universitat de Barcelona)

por Laia López Manrique

Carson McCullers, Reflejos en un ojo dorado (novela)

Traducción del inglés por María Campuzano.
Barcelona: Seix Barral (Biblioteca Formentor), 2001
ISBN: 9788432219566

1ª edición | Reflections in a golden eye, 1941

|Biografía

Lula Carson Smith, novelista, cuentista y dramaturga, nació en Georgia en 1917. Su vida estuvo marcada por una enfermedad de infancia mal curada y por el matrimonio con James Reeves McCullers, que fue, a la vez, la relación más solidaria y destructiva en la vida de Carson. Ambos tuvieron dificultades compartidas: alcoholismo, ambivalencia sexual y tensiones generadas por la envidia de él hacia ella.
A los cincuenta años, Carson murió a causa de un ataque, no sin antes empezar su autobiografía, Iluminación y fulgor nocturno, donde declaraba: “Pienso que es importante que las futuras generaciones de estudiantes sepan por qué escribí ciertas cosas; pero a mí también me importa saberlo”.

"Sintió que la ira le invadía. Era una oleada de odio hacia el soldado, tan fuerte como el júbilo que había sentido sobre el caballo desbocado. Todas las humillaciones, las envidias, todos los temores de su vida confluyeron en aquel odio inmenso. Se levantó tambaleándose y echó a andar ciegamente por el bosque ya oscuro." Carson McCullers, Reflejos en un ojo dorado.

 

|Sinopsis

En una base militar del Sur de Estados Unidos en época de paz, estalla el conflicto entre cinco personajes de relaciones irregulares y secretas tensiones internas: el rígido y dividido capitán Penderton, su infiel esposa Leonora, el amante de ésta, el comandante Morris Langdom, su enferma mujer Alison y el criado Anacleto. La presencia del soldado Williams, personaje opaco y controvertido hacia el cual el capitán Penderton experimenta una atracción fuerte que en momentos linda con el odio, y en otros con el amor, catapulta la tensión existente hacia el estallido de la violencia.

|Reseña

La novela tematiza, en muchos aspectos, la mirada hacia el otro, en un lugar que no encuentra la correspondencia, y se concreta en el caso de las miradas que cruzan entre sí, sin encontrarse, el capitán Penderton y el soldado Williams. En la mirada se halla la semilla de unas pasiones jamás resueltas, de una fascinación primaria e inexplicable por el otro, algo innominable que se queda siempre en el mero umbral del deseo. El capitán Penderton persigue en el soldado Williams la sombra de su deseo, antiguo, tormentoso y jamás revelado (salvo para sí mismo) por los hombres, y el soldado Williams, en su ritual voyeurista nocturno hacia la esposa del capitán, Leonora, expresa la fascinación por el sexo femenino, condenado por su padre como peligroso y portador de fatales enfermedades. En el fondo, existe en ambas miradas la misma fijación asombrada por lo desconocido en sus dos vertientes, y despunta en ellas el magma de la sexualidad como amenaza en un contexto rígido y severo como el del ejército, en que se niegan las pasiones pulverizándolas y convirtiéndolas en germen de una violencia que, finalmente y de modo ineludible, se produce.

A estos dos personajes masculinos, portadores de la mirada al tiempo que ejecutores de la violencia, vendrían a oponerse los personajes que no encuentran un espacio propio en ese contexto. Estos personajes son Alison y su criado Anacleto, figuras que parecen hablar un lenguaje completamente distinto al que rige en su ambiente, extrañamente refinados hasta rozar lo hiperbólico, anómalos y errantes, que conocen el pacto tácito que domina la convivencia, el engaño que la fundamenta, y sobreviven aliándose en su exclusión y planeando su huida.

Finalmente, los personajes de Leonora y Morris Langdom son los más desdibujados de la novela. Amantes consentidos, pese a lo irritante de la situación actúan como si fueran ajenos a la realidad que les envuelve; su irresponsabilidad es cobarde y sostiene en cierto modo el engranaje de dolorosa agresividad contenida que planea sobre la historia.

En definitiva, en esta novela aguda y punzante, Carson McCullers presenta la trama de relaciones entre unos personajes bajo los cuales subyace un sustrato de odios e impulsos reprimidos que están llamados a emerger de manera inevitable. Maestra en la creación de atmósferas que apuntan a lo incierto, a lo inquietante, McCullers consigue colocar al lector en una posición de espera ante el desencadenamiento de unos hechos que prevé terribles.

Para citar esta reseña:
López Manrique, Laia (2009), “Carson McCullers. Reflejos en un ojo dorado”, Lletra de Dona in Centre Dona i Literatura, Barcelona, Centre Dona i Literatura / Universitat de Barcelona, fecha de consulta. <http://www.ub.edu/cdona/lletra_de_dona/fitxautora/mccullers1.htm&gt;

Escena de Reflections in a golden eye, de John Huston (1967)

Bosquejo de geografía urbana

por Laia López Manrique

La ciudad dibuja mapas, palimpsestos, vidrios rotos de la ausencia.

En un cine del paseo de Gracia vi La pianista una noche de jueves.

En un estudio de la calle Acacias alguien me fotografió en traje, sonrisa y monóculo, abrazada a un maniquí con los ojos en blanco.

En la calle Rosellón un niño me pisó el pie derecho, le grité, me arrastró el viento cinco metros, traté de llorar en vano.

En la ronda San Antonio vi al diablo en persona.

En la plaza de la Virreina una mujer me esperó una tarde de mayo, con un libro marrón entre las piernas. La espié desde lejos; la vi leer, pasear por la plaza, preguntar la hora a un viejo, volverse sobre sus pasos, desaparecer.

En la plaza Urquinaona tuve miedo, comí un bocadillo sin hambre, me vi a mí misma temblando ante un escaparate, vi mi soledad pesada como losa de mármol, vi que no supe amar lo que estuvo a mi alcance, vi la parca terrible que cantan los poetas, y la rocé con el índice, y mi carne entera la deseó.

En el paseo Sant Joan dije mentiras, no tuve piedad con mi memoria, falté a la verdad sintiéndome –por vez primera– un poco más dueña de mí misma.

En el pasaje Font, un callejón que muy pocos han visitado, conocí una felicidad que no compartiré con nadie.

(Publicado originalmente en la sección ARROZ NEGRO de la revista BCN WEEK)

Entrevista a Sopa de Poetes

Por Laia López Manrique

Sopa de Poetes son un colectivo poético del Prat de Llobregat formado por Pepe Maiques, Òscar Solsona y Mariano Martínez. Realizan un programa semanal dedicado a la poesía en El Prat Ràdio, por donde han pasado y pasarán las voces de múltiples autores conocidos en el panorama nacional. Uno de los componentes más destacables tanto en lo que respecta a su actividad radiofónica como a la escritura de su blog (www.sopadepoetes.blogspot.com) es el compromiso desenfadado e hiperactivo con la poesía, la divulgación constante de obras y actividades culturales y el imprescindible acercamiento de la literatura a los espacios de la vida cotidiana. Recientemente han sido nombrados finalistas de la VI Edició dels Premis de Reconeixement Cultural del Baix Llobregat 2009.

Entré en contacto con Sopa de Poetes a partir de mi trabajo como profesora de escritura creativa en El Prat de Llobregat. Les pedí su libro Piedra, papel, tijera, publicado en 2008, por correo. Me lo enviaron. A partir de ahí, iniciamos una correspondencia a través de su blog (aviso para navegantes: ¡engancha!) y nos conocimos en persona en el acto de fin de curso del taller que coordino, en el cual Mariano, Òscar y Pepe partiparon como lectores. Gracias a ellos comprobé, una calurosa tarde de verano, que dos mujeres pueden llevar el mismo reloj en un espacio tan reducido como un estudio radiofónico y que mi voz puede sonar extrañamente sonámbula y nasal en la franja horaria de las 20 a las 21h. Que los poetas, que ya desde Baudelaire extraviaron el aura, en el año 2009 van al mercado, comen en familia, hablan de meados y de zapatillas de andar por casa sin perder la compostura, o mejor aún: perdiéndola. Que los poemas suenan mejor con una buena música de fondo. Que la poesía se puede fabricar en un instante, que puede ser y es esencialmente cuestión de instantes, borras, palabras lanzadas casi por azar y en continuidad fragmentaria contra sí mismas. Algunas cosas ya las sabía por mi propia práctica; otras las he aprendido en acto, oyéndoles y leyéndoles. Por todo ello y por muchas más cosas tengo que agradecerles que hayan accedido a responder esta brevísima entrevista. Por muchos encuentros más, soperos.

¿Qué ingredientes y cuánto tiempo de cocción requiere una buena Sopa de Poetas?

Pepe Maiques: Humor, sentido del ritmo y ganas de escuchar; cierta confianza con el entrevistado, poca vergüenza y suficiente descaro; muy buena música, y la mano maestra de Mariano en los botones. Y algún libro de poemas. Aunque incluso sin libros puede hacerse un programa: ahí está la red que nos enreda.
Tiempo de cocción: oscila entre 5 y 55 minutos, dependiendo de la climatología interna del estudio. Por último: es importante comer algo antes de empezar.

-La poesía suele ser un género asociado por los no-lectores de poesía al hermetismo, a la dificultad, a lo inefable, aunque sin duda, para los poetas y sus lectores, supone una forma de relación entre el lector y el texto que pasa por canales, a menudo, mucho más sencillos de transitar de lo que parece, si estamos entrenados. La necesidad de la oralidad, de la transmisión por medio de la voz, de la escucha, es uno de los rasgos que no deben olvidarse cuando hablamos de poesía. ¿En qué momento y por qué tomasteis la decisión de llevar la poesía al medio radiofónico en cuanto forma de comunicación directa?

Pepe Maiques: Òscar, Mariano y yo, llevábamos varios años colaborando en radio y habíamos adquirido cierto entreno previo. En realidad la idea surge de forma algo improvisada en otoño de 2005, al plantearnos que el canal radiofónico y el poema leído (no recitado) son elementos complementarios, que se refuerzan.

-En todos estos años de programa habéis entrevistado y conocido a muchos poetas españoles. ¿Qué entrevistas destacaríais? ¿Con qué momento del programa os quedáis?

Pepe Maiques: Aquí hago una elección particular, un repaso rápido, como en imágenes superpuestas: María Eloy García, Ventura Camacho, Ana Muñoz, Isla Correyero, Lorenzo Plana, Alexis Díaz-Pimienta, Julieta Valero, Juan Antonio Bernier, Carmen Camacho, Eloisa Otero, Esther Ramón. En lo que seguramente coincidimos los soperos, es en la intensidad que se creó en la entrevista a Chantal Maillard.

-¿Qué leen los poetas de Sopa de Poetas cuando se encierran en el cuarto de baño los domingos?
Pepe Maiques: Las páginas amarillas…, las siempre interesantes Sopas de Letras, y en contadas ocasiones el Cancionero de obras de burla provocantes a risa de Hernando del Castillo, editadas en Valencia en 1519.

-Habladme sobre el libro Piedra, papel, tijera. ¿Qué significó para vosotros editarlo y presentarlo? ¿Tenéis más fechas de presentaciones o algún otro proyecto paralelo al programa en este momento?

Pepe Maiques: La radio es un medio “fuerte” (ahí está el archivo sonoro con todas las entrevistas), pero también volátil. Pensábamos que si teníamos cosas escritas cada uno por su cuenta, por qué no juntarlas en el soporte más usual. Una tarde, tomando café empezamos a jugar con el título y salió “piedra, papel, tijera”. Mariano fue clave aquí, al trabajar en el campo editorial y poder dar cuerpo al libro, que salió en septiembre de 2008. Durante un año, hicimos presentaciones en varias ciudades, y la experiencia fue muy gratificante. De ahí surgieron amigos, lecturas, presentaciones de libros de otros poetas y también algún proyecto, como el programa de radio realizado en la Fundación José Hierro de Getafe, coincidiendo con las actividades de fin de curso en Junio de 2009. Durante 2010 esperamos hacer alguna otra presentación y seguir trabajando en diferentes propuestas, todas ellas ligadas al terreno poético.
Por otra parte, el blog que mantenemos -sobre todo Òscar- muy activo http://sopadepoetes.blogspot.com/, está pasando por una necesaria fase de renovación; nos ha abierto muchas posibilidades de conectar con la poesía que se hace ahora en este país, y también fuera de él. Ahí seguimos.

-Rilke decía, en Cartas a un joven poeta, algo que siempre me ha parecido cierto e incierto a un tiempo, y, en cualquier caso, inquietante y profundamente descorazonador. Venía a decir que una obra (poética) sólo tiene sentido si responde a una íntima necesidad, y que en esa necesidad está el único criterio para enjuiciar la obra. La obra se impone a quien la escribe, según Rilke, pero del mismo modo, si uno no siente la necesidad imperiosa de la escritura, aconseja a su joven poeta, es mejor que no se ejercite en ella. ¿Estáis de acuerdo con esta afirmación? ¿De qué modo la poesía se conecta con la necesidad, en vuestro caso?

Pepe Maiques: Aquí me viene al pelo, -es mi caso- remitirme a un texto recogido en este blog (http://almudenavidorreta.blogspot.com/), que leí el otro día y que ahora me da una buena respuesta a tu pregunta. La cita dice así:
“No puedo dejar de añadir a lo dicho que será bien, cuando se hubieren de escribir versos, cada cual examine sus fuerzas; y si las hallare débiles, se abstenga, como dice Horacio: versate diu quid ferre recusent, quid valeat humeri. Y si todavía pareciere hacer versos, no se publiquen sin grande examen. Lean mucho, escriban poco, amen borrar mil veces cada palabra, que por no hacerlo así los poetas de su tiempo, dice Horacio que erraban.”
(Lupercio Leonardo de Argensola. Barbastro, 1559 – Nápoles 1513)

– Para terminar, una última petición. Prestadme un poema…
Venga, pues:

Terraza
Junio traerá maderas en el agua
estaré quieto
y el viejo comerá
desnudo y sólo
con lentos movimientos de cabeza
hablaremos de lo que nos atañe
un mediodía ventoso
cuando nos quede mucho por hacer
descordar el pasado del presente
y convertirlo en sombra
hojas que bailen
sobre nuestras cabezas
ligera multitud
sobre el tiempo encendido
sin darle ya demasiada importancia

Pepe Maiques (inédito)

Torpe ensayo sobre la noche, para Panfleto Calidoscopio

Por Laia López Manrique


(I)

La vida es un circunloquio, a veces indeseado, que gira siempre sobre los mismos ejes en rotación continua. Lo alto y lo bajo, lo recto y lo curvo, lo claro y lo oscuro, lo seco y lo húmedo, el día y la noche. Entre manojos de experiencia que no se acomodan a categoría alguna, hemos rescatado los nombres de las cosas, los índices torcidos sobre los que nos ubicamos de un traspié, sin apenas notarlo. En la noche se extiende un dominio que creemos acéfalo, que queremos pensar que no tiene reglas más que en la indeterminación que la sustenta. Pero la noche también tiene sus propias reglas. Jugamos la partida a tientas, sabiéndonos desnudos, sabiéndonos conscientes de nuestra inconsciencia al avanzar por las casillas. Cada movimiento en la noche está marcado; pagamos en ella el precio insuficiente que nos pide la vigilia por mantenernos erguidos. Homo faber, homo erectus que tan serenamente se pervierte, creyendo confundirse con las sombras, con las sobras del día que se escapa, y que llama desorden al otro orden que instaura la noche con su tácita mirada de soslayo.
En la Teogonía, Hesíodo llama a la diosa Noche hija del Caos, y reseña su descendencia. De la Noche han nacido Moros, Ker y Tánatos (divinidades asociadas a distintos aspectos de la muerte), Hipno y la tribu de los Sueños, el Vituperio, el Lamento, las Hespérides, las Moiras y las Keres (diosas vengadoras), Némesis (que vela por el orgullo de los hombres, a fin de que no intenten parecerse a los dioses), Ternura, Vejez y Eris (la diosa de la discordia). De semejante linaje se derivan algunos de los rasgos que convencionalmente atribuimos a la noche, ese espacio que se define por ser indefinible, por ensancharse ilimitadamente, por oponerse al día y a su diáfana y pautada silueta.
La noche: el lugar de la metamorfosis, de la escisión, del vértigo; el margen del que se desprende lo posible, lo ignoto. Lugar del peligro y de la vivencia por antonomasia, aquella de la que no damos cuenta sino ante quien realmente nos importa, la que no cabe en un currículum y nos negaríamos a explicarle al vecino de al lado, el mismo que nos encuentra ojerosos y desvencijados en la puerta de la escalera de madrugada, buscando las llaves.
La noche: lodazal, subterfugio, embalse, asilo terrible, cajón de sastre donde caben los deseos de otros mundos, donde cabalgan a la par el insomnio y la bebida, los malos viajes, las riñas, las deflagraciones. Lugar donde reímos, dormimos y follamos y donde también, secretamente, deseamos morir.

(II)

Dice el refrán que por la noche, todos los gatos son pardos. Que lo amorfo encuentra en la noche su refugio lo muestra un breve texto de Sam Shepard, incluido en su libro Crónicas de motel. En él, un hombre va a visitar a su viejo amigo Bill a un apartamento de Nueva York. Tras una conversación anodina, la conversación de dos derrotados, entre tragos de Harvey’s Bristol Cream y caladas de Blue Trues, llega la noche y el narrador se instala en el sofá, dispuesto a dormir. Pero no encuentra el sueño, o, más bien, el sueño no le encuentra a él. En cambio, se aglutina en su mente una masa velada de sensaciones, recuerdos, deseos, sonidos inciertos que vienen de la calle y del pasado (como la magistral confusión, que enuncia el personaje, de «la respiración de una persona que estaba a mi lado con un incendio lejanoi»), y decide salir del piso mientras su amigo duerme. Se dirige a otra casa, la que compartía con una mujer de la que se separó. La encuentra en la cama, agarrotada, replegada sobre sí misma; le habla, pero de ella no sale ninguna frase inteligible. Apenas balbucea, como una niña; empieza a garabatear líneas en un papel, gime muy alto como un animal en receso. Cuando el narrador se aleja de ella, la mujer se incorpora repentinamente, le mira «sin dar la menor señal de tener conciencia de dónde había estado hacía muy poco tiempoi», hace una llamada, habla con normalidad. Nuevamente dueña de sí misma, ha roto la licencia que le dio la noche para regresar al estado anterior, enmarañado, titubeante de quien no gobierna en absoluto sus gestos ni sus acciones.

Porque la noche insiste en lo borroso y lo acentúa. La posición misma del narrador en el texto de Shepard lo deja ver: ajeno al control directo y explícito de las palabras, parece dejarse llevar por el fraseo terco de los hechos que se expresan por sí mismos, marcando el ritmo de la prosa como las agujas acuciantes de un reloj. El narrador se abandona a lo narrado, del mismo modo que la mujer se dejaba llevar por un impulso embrionario, sin rumbo. El narrador, como la sonámbula que aún no ha despertado, registra con su prosa retazos de un orden que todavía no encuentra un único sentido. Está extraviado, como ella, dejado de la mano del lenguaje, extrañado e impuro: escritura que se desliza en la noche y vuelve a ella, que se asombra ante cada cosa que retrata y hace que nosotros también nos asombremos. Porque el yo está ausente y ha perdido sus contornos más visibles, porque su fuerza estriba en la capacidad para lo híbrido, y, como en el refrán, nos enseña la virtud de ver el mundo mezclado, en perpetuo estado de semejanza.

 

(III)

Hay una película de Michelangelo Antonioni que se titula La notte, y exhibe el desmoronamiento de un matrimonio de clase alta, formado por Giovanni Pontano, escritor de cierta fama, y su mujer Lidia (papeles intepretados por Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau) a lo largo de un lapso de tiempo que comprende un día completo. El foco de la película, no obstante, se concentra en la noche, como su título indica. Es entonces cuando cobra forma el desmembramiento de la pareja, que acude primero a un night club y después a la fiesta de un rico empresario, en una gran mansión a las afueras de Milán. En la fiesta se gesta el vacío, la incomunicación de la pareja que ni tan siquiera permanece junta, sino que se disgrega, se pierde, se atomiza. La fiesta, plagada de bon vivants y gente bien, la contempla el espectador como una suerte de prerrogativa tediosa que, no obstante, decide totalmente la acción del film: en ella aparecen Valentina (la magnética Monica Vitti), la joven hija del empresario, con quien Giovanni tiene un encuentro, y Roberto, un hombre tosco que seduce parcialmente a Lidia. La película incide en las escenas de desarticulación, de alejamiento, de desidia, mostrándonos a unos personajes angustiados que no parecen querer plantearse el motivo de su angustia. Pero es la noche la que despliega ampliamente su desencanto, la que formula preguntas y otorga respuestas, y la que hace que Lidia, la auténtica heroína, tome una determinación final. La noche (y la fiesta, como su epígono) aparece en la película como un gran teatro de gestualidades amañadas, falsas, que verdaderamente no comunican nada. Todo es mimético, todo está hueco, e incluso el sufrimiento tiene su disfraz. Es revelador en este aspecto el plano en que Lidia observa de espaldas, a través de un cristal, cómo su marido besa a Valentina. Parece como si la mirada misma, vertical y silenciosa, de la cámara sobre el personaje, y del personaje sobre la escena que está contemplando, borrara ya todo rastro de una emoción que, no obstante, se impone por sí misma. La mirada que no interpela a la cámara, la de Lidia, es, sin duda alguna, la mirada del tedio. Podemos imaginarla hastiada, sabedora de la vanidad que rodea al espectáculo al que asiste. Es como si la escena misma, y el personaje en ella, nos dijeran que todo estaba ya previsto, que ni siquiera un hecho como la infidelidad escapa al pronóstico.

Así, la fiesta, que teóricamente tiene como objeto socializar, se pinta en el film como un campo de escisiones, como un lugar en el que todos permanecen solos. Más allá de esa ingenuidad dionisíaca que supone la fusión de los cuerpos en un espacio único, distendido, está el verdadero rostro de lo lúdico, que implica que todo, dentro de su mismo marco, es un simple drama cuyos actos y desenlace estaban ya decididos de antemano. Es, en realidad, una perspectiva desoladora sobre la vida ociosa, de que tanto nos preciamos como recompensa a nuestro quehacer diario, la que nos ofrece Antonioni en La notte. Las primeras luces del día sellan la desunión definitiva; tras el paréntesis nocturno, algo ha quedado claro: Lidia ya no quiere a Giovanni, y así se lo hace saber al marcharse de la mansión. Él se aferra inútil, cobardemente a ella a través del sexo. Pero nosotros, espectadores, lo sabemos: todo se ha resuelto, y la noche ya ha cumplido su cometido.

(IV)

Verrà la morte e avrà i tuoi occhi es el último poemario de Cesare Pavese, escrito en 1950, el año en que se suicidó. El breve poemario estaba dedicado a Connie Dowling, la actriz norteamericana de la que el escritor se enamoró y que rechazó su propuesta de matrimonio, y fue encontrado en la habitación del Albergo Roma donde Pavese se quitó la vida. Toda la serie se estructura alrededor de una gama de imágenes y de comparaciones, despojadas, limpias y de gran carga simbólica, referentes a la figura de la amada, que la ponen en relación con lo sustancial, con los elementos esenciales, y a menudo opuestos, que componen el tránsito mundano, en el ejercicio pendular de una escritura que se agarra a la vida a la vez que la niega. La amada es comparada, simultáneamente, con la vida y la muerte, con la tierra, la raíz, la luz y la mañana, y también con la noche. Así, el poema The night you slept comienza con los versos «También la noche se te asemeja», donde la noche, identificada con la figura femenina, comprime todos los significados asociados a la desesperación de una vida que espera, a la vez, una redención posible, cifrada en la imagen del alba. Contra el «vicio absurdo», en palabras de Pavese, de mantenernos vivos, la noche/ el otro nos devuelven la promesa de una desaparición necesaria, y, al mismo tiempo, está en el otro también (y, por tanto, en la noche) la única salvación en que se puede confiar: la llegada del alba, el lugar del deseo, de la victoria sobre la angustia. Porque en un tiempo anterior el sujeto poético, a quien el poema se refiere apenas como a un “alguien” (borrados ya todos sus trazos de presencia, de identidad) fue también el alba, pero ha caído. La vida y la muerte son, ahora, propiedad y reducto únicamente del otro; nada pertenece ya al sujeto que enuncia, que se ve arrastrado por los signos que descifra en el otro, que se debate entre ellos, que oscila siempre. La noche apresa los contrarios, y el poema es una austera cadena de variaciones sobre la semejanza entre la noche y la amada, entre la amada y la vida y la muerte. Porque la noche, como la amada, es el gran oxímoron que desmorona y alienta a un tiempo, que puede salvarnos al tiempo que dispara la bala que nos aniquila. En el caso del poemario de Pavese, el peso final se desploma del lado de la muerte, que coincidirá, también, con la muerte real del poeta; como regurgita o anuncia la última estrofa del último poema de la serie, Last blues, to be read some day: «Alguien murió / hace mucho tiempo /alguien que intentó, / pero no supo».

 

(Aparecido en el número especial de verano de Calidoscopio Panfleto Cultural “Taxi-hotel”, julio-agosto de 2009)

Reseña del libro Filosofía y poesía de María Zambrano, para Lletra de Dona (Centre Dona i Literatura, Universitat de Barcelona)

Por Laia López Manrique

María Zambrano, Filosofía y poesía (ensayo)

Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2001

ISBN: 8-437-50501-1

1ª edición | Filosofía y poesía, 1939

|Biografía
María Zambrano nació en Málaga en 1904 y falleció en Madrid en 1991. Estudió filosofía en Madrid, donde fue discípula de Ortega y Gasset y de Xavier Zubiri. Tras la guerra civil se exilió en México, y residió también en Cuba, Puerto Rico, Roma y Suiza, impartiendo clases en varias universidades. Regresó definitivamente a España en 1982 y recibió el Premio Cervantes en 1988. Es autora de una prolífica obra en la cual destacan títulos tan significativos como Hacia un saber sobre el alma, El hombre y lo divino, La agonía de Europa o De la aurora.

|Sinopsis

En este libro, María Zambrano aborda la relación entre el pensamiento filosófico y la poesía a lo largo de la historia cultural de Occidente, cuyo origen sitúa en Grecia. A partir de la condenación platónica de los poetas en La República, filosofía y poesía discurren separadas como formas de racionalidad y de discurso paralelas cuyo fondo magmático es similar, pero con dispares trayectorias, proyectos y caminos. La apuesta de Zambrano pasa por una voluntad de conciliación entre pensamiento y poesía, el hallazgo de un logos mediador que aproxime la palabra filosófica a la palabra poética, y que encuentra en el propio estilo literario de la autora un vehículo perfecto de expresión.

|Reseña

María Zambrano trata de dilucidar la génesis común de la filosofía y la poesía, y la halla en una idéntica actitud primera ante el mundo: la admiración ante las cosas, el “pasmo extático” ante lo real. Posteriormente, según la autora, filosofía y poesía toman dos caminos divergentes; mientras que la filosofía se eleva a la conquista del saber por la abstracción, la poesía queda atada a las cosas, a las apariencias, a lo múltiple. La filosofía se desprende del plano de la realidad para dar con la verdad y la trascendencia. En cambio, el poeta queda aferrado a la materialidad de las cosas y no encuentra la verdad a través de la búsqueda, sino a partir de la gracia o la revelación; de alguna manera, la verdad le es concedida sin haber de perseguirla. De este modo, filosofía y poesía suponen dos tipos de racionalidad y dos actitudes distintas ante el mundo: la del filósofo y la del poeta.

La filosofía supone asimismo, para el individuo particular, un camino ascético basado en la razón, en el cuidado de sí mismo y la renuncia a la vida, la “preparación para la muerte” proyectada por Platón en su diálogo Fedón. La poesía, en cambio, queda al servicio de la embriaguez, de la entrega total a la carne, al tiempo y a las formas mortales de las que la filosofía huye. A lo largo de la obra, Zambrano examina, de igual forma, las relaciones de la poesía con diferentes disciplinas o ramas dentro de la filosofía, como la ética y la metafísica moderna, así como el vínculo específico que une a la poesía con la mística, tema de interés y fijación particular de la autora.

La apuesta concreta de Zambrano pasa por el acercamiento entre la palabra filosófica y la poética, que encuentra parcialmente esbozada en algunos trazos del pensamiento contemporáneo. No obstante, es en el propio tono y uso del lenguaje de la obra donde podemos vislumbrar mejor su propuesta; un lenguaje que trata los problemas de la tradición filosófica dejando que la verdad se revele por sí misma, aflore a la superficie, cobre forma, sin un cariz dialéctico, sin polemizar con los autores, sino dibujando lentamente un camino, una huella, donde se abren nuevas posibilidades al pensar.

|Bibliografía crítica

Revilla, Carmen (Ed.), Claves de la razón poética, Madrid, Trotta, 1998.

Rocha, Teresa, María Zambrano: la razón poética o la filosofía, Madrid, Tecnos, 1998.

Para citar esta reseña: López Manrique, Laia (2009), “María Zambrano. Filosofía y poesía”, Lletra de Dona in Centre Dona i Literatura, Barcelona, Centre Dona i Literatura / Universitat de Barcelona, fecha de consulta. <http://www.ub.edu/cdona/lletra_de_dona/fitxautora/zambrano.htm&gt;

"En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser." (María Zambrano)

 

Reencuentro

Por Laia López Manrique

Cuando cumplió los quince años de edad, Níkos Zourganelis se dio cuenta: estaba él, y estaba, más lejos y por derivación, el resto del mundo. No le costó gran esfuerzo llegar a esa conclusión. Se le ocurrió, después de sopladas las velas, repartida la tarta, hechos los cumplidos y brindado con sus padres con la copa de vino, a solas en su cuarto, apurando una colilla.

Al saberlo, sintió una especie de alivio doloroso que se le instaló en el borde del intestino grueso. De todas las verdades que había conseguido retener, ésa era quizá la más importante, y también la más traidora. La anotó en un pedazo de servilleta en letras mayúsculas, y la guardó en su bolsillo derecho junto con unas monedas.

Al día siguiente, su despertar fue liviano. Sintió la gravedad de tener un cuerpo y la obstinada ingravidez de lo que no tiene peso ni plumaje. Se calzó las sandalias y fue a pasear cerca de su casa, con el sabor amargo del primer café cerrándole los labios. Tropezó dos veces con la misma piedra, por el gusto de ver sangrar su rodilla y luego lavarla, despacio, en una fuente. Recogió una lombriz y la dejó arrastrarse por su antebrazo, por su bajo vientre, por su espina dorsal. Todos los que le vieron dijeron que estaba loco, pero él se rió con gracia tendiéndoles la mano.

Supo que iba a morir, que iba a amar, que iba a estar solo. Se hizo promesas, tejió al menos tres destinos que nunca se atrevería a comenzar. Quiso que sus ojos fueran una cerradura donde algún torpe introdujera la llave equivocada, una llave de cobre, un color oscuro y mustio que le protegiera de la luz. Quiso que su cuerpo fuera un claustro de sacrificios y de desapariciones, un claustro de placer y de serrín caliente, de venas carcomidas. Su cuerpo un raíl, una mancha, una señal de humo, orín en la vejiga de algún preso, si bemol en la mano de un pianista, suma borrada en un cuaderno escolar, vino dulce en la boca de una mujer borracha.

Esa noche, a las doce en punto, cuando sus padres apagaron la luz, Níkos Zourganelis sonrió ante su reflejo antes de atravesar lentamente el cristal, con los pies descalzos.