Adrienne Rich (1929-2012): El sueño de un lenguaje común

A poem can begin with a lie. 
And be torn up.
Adrienne Rich, Cartographies of silence.

Hoy, miércoles 28 de marzo de 2012, he sabido que ha muerto Adrienne Rich a los 82 años. Ha muerto. Adrienne Rich fue una poeta. Adrienne Rich fue una ensayista. Adrienne Rich fue una feminista. Una lesbiana. Una madre.

Leí a Adrienne Rich cuando era muy joven. La leí, la releí, me ovillé en sus poemas. Hice de ella un puerto. Una voz fijada y reunida en la memoria, lejana, como un eco. No he vuelto a leerla hasta el momento de escribir este artículo. Porque Adrienne Rich era o fue también mi madre, mi abuela. Una de mis muchas semejantes. Ahora cojo sus libros de poemas y los siento  como un pan digerido y desnudo, una voz que se reconoce al cabo de los años apenas por la vibración de una sílaba final en la esquina de una calle.

Adrienne Rich propuso el espacio de la poesía como una exploración (política). La exploración (política) de la identidad femenina, de la identidad de los humillados.  En un momento en que la poesía solo parece querer ser política en un sentido hueco, epitelial, puramente altavocero y cacofónico, deberíamos leer ese enraizamiento íntimo de la voz de Adrienne Rich, que intersecta siempre con el sufrimiento histórico de las mujeres, con el silencio del amor lésbico, con la construcción de su imaginario y la reinvención de su falta de referentes.

Escribir: explorar, atender. Cada vez más cerca de la herida. Cada vez más cerca. ¿Puede ser de otro modo? ¿Debe ser de otro modo? La vacuidad de los gestos, de los grandes aspavientos de la poesía fría, huidiza. Ahí no estaba Adrienne. Ahí ella no cantaba su herrumbre. Adrienne Rich interrogaba sobre el espacio del llamado lenguaje común, sobre las fallas donde éste se asienta. ¿Qué es el lenguaje común, decía Adrienne? Y respondía: el lenguaje común es un sueño. No hay lenguaje común sin dolor, sin sometimiento y sin ruptura. El lenguaje común, el que nos dicen que hablamos o debemos hablar todos por igual, es ordenamiento y médula que nos agarrota. La necesidad de hablar un lenguaje común es imponer veladamente el ocultamiento y la muerte. Pero ese sueño se traduce en norma, más o menos confesa, y la tarea de la poesía, pensaba Adrienne, es desmontarla.

El poema de Adrienne nació, entonces, de la ira. Porque siempre hubo vencedores y hubo vencidos. Hubo, sobre todo y en los márgenes, vencidas. El poema rescata las hebras que quedan de la batalla, concentra y recluye, habla un lenguaje conversacional y translúcido. Dialoga con el asombro de la violencia, que nunca puede dejar de chocarnos. Vemos a través del poema los indicios de que existió una guerra, como cuando miramos a través de un vidrio que no acaba de ser del todo transparente. En el poema de Rich caen los fragmentos de la realidad rota que viven las mujeres, las que han sido arrancadas de la historia. Porque Adrienne rescató o quiso rescatar a las heroínas. Hizo que hablaran a través del poema, con el dolor de quien sabe que no son ellas verdaderamente quienes hablan, sino la mediación carente de una voz otra que las nombra.

Me pregunto ahora por qué hablo de Adrienne Rich. Por qué hablar, entonces, y una vez más, de una poeta, y me respondo: porque solo creo fecunda la poesía que investiga en el lenguaje, en su impureza. Porque tal vez solo sé revolver aquello que se hunde con fuerza en mi propia lengua impura. Porque alguna vez yo hablé o hablo su franja de tierra empobrecida, porque alguna vez yo dije o digo con su misma furia: lenguaje, mundo, realidad, silencio. Esas categorías planas, niveladas a una misma altura. El poema se pregunta si es posible hallar otro lenguaje, otro cuerpo que se acerque mediante la distancia, pero fuera de la praxis que lo intenta no hay respuesta. La belleza del poema es en parte consecuencia del rastreo del dolor-sedimento que lleva siempre aparejado.

Hacer una poesía que hable con el dolor, que hable de él en su reapropiación y que mire también hacia los otros: eso hacía Adrienne Rich. Escribía poemas que eran cirugía y erupción. Pero poemas que también construían ese habitáculo, siempre provisional, de aquellas criaturas decisivamente escindidas, las que no aparecen ni aparecerán todavía en el “libro de los mitos”. Adrienne Rich fue una Sexton de verso prolijo, y podríamos leer a Sharon Olds como a una niña que bebe crucialmente de su rabia. De ese modo las mujeres se anillan y hacen madriguera, hueco, con sus voces. De ese modo la poesía escrita por mujeres en ocasiones se cruza y brota de un similar chasquido. Brasas que crujen. Porque la experiencia de las mujeres, de su radical otredad, en la que se abisma y construye aliento su poesía, es en parte una experiencia de la desposesión. La poesía escrita por mujeres es a veces una casa donde los hilos divergen, pero donde, a la vez, se atrapan peces. Adrienne Rich es una carpa, una mujer sedienta y prominente, una fuente de la que surgen aguas en las que podemos girar y alimentarnos. Adrienne quiso buscar el lenguaje retorcido en la curva, el lenguaje con el que hablar también de lo que hace el silencio. Es precisamente aquello que podemos leer en las historias de la literatura: Safo vista como fuente de la lírica occidental y Safo mutilada; el monstruo bífido del canon patriarcal que reconoce y premia a una poeta como origen y desdice después su lengua, abandona su trama, el continuum (por utilizar una expresión que a Rich le hubiera gustado) de su decir.

La tarea de la poeta fue hacer una arqueología de esa separación, de la obra calcinante de ese monstruo. Porque el lenguaje es poder y el poder nos forma, nos hace ser quienes somos y el poema, como dice en los versos que he elegido como epígrafe de este artículo, puede estar fundado en una mentira. La poeta que fue Adrienne Rich solo poseía “el polvo” y sin embargo hizo de esa posesión precaria una tarea de amparo. Y amparar, hacer una casa, ser en nosotros casa o bastidor, aunque sea solo a través del polvo reunido y acumulado a los pies y en las manos, es lo que hacen a menudo las voces de los poetas. O al menos de aquellos poetas que, como Adrienne, no escriben para ennoblecer y ornamentar la lengua, sino para hacernos ver sus fronteras venenosas y el callado, callado daño que contienen.

Texto aparecido en la revista Shangrila/ Derivas y ficciones aparte, sección coordinada por Mariel Manrique y Hernán Maturet.
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