La mujer cíclica, II (fragmentos para un proyecto incierto)

 

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“J’ai aussi été folle à Nevers”

 

Se pregunta cómo puede empezar a escribir ese texto, esa envoltura.

Sabe que escribir ha sido a veces el modo de expulsar lo que en su cuerpo hace madeja y crece, resguardado, oculto como un tumor.

El deseo se hace así. Crepita así, soltándose, hilo y reflejo, hilo y arrastre.

Desear es tener miedo de que algo no concluya. Lo que se contrae (el nervio) y se despliega en el indicio de toda semejanza. El peligro siempre reside en no poder vislumbrar el final.

No sabe en realidad qué podría escribir sobre ese amor, tan distinto de cualquier otro. Un amor accesorio, como un remordimiento o una gasa sobre la piel ya sin herida. Un amor que se vive de lejos, sin posibilidad de acercarse.

Deseo un yacimiento. Debajo de ese yacimiento se articulará otra vez mi cuerpo cabeza abajo, mis pies, mis coronarias, mis ventanas reticentes.

Seré opaca. Mi luz será opaca. Masticaré las palabras que te dije, todas sus células vivas y la extensión de su materia, en esa luz. Arqueando esa luz, se hará este amor de palabras.

Dice: esto es lo que va a suceder.

Conozco bien las cuerdas, las moradas tantas veces repetidas.

Enfrentarse una vez más a qué. Odiar una vez más a quién. Qué en ti se contradice, qué en esa voz turbada.

El amor no es hijo de la voluntad, emerge como un árbol centenario, como un hueso olvidado que despunta.

Dice: esto es lo que vas a recordar mañana: las vendas en las manos, la pared fría contra la espalda, una noche entera en vela, pensando en una imagen como en una cripta.

Dice: tener el mar disponible, vararse en la costa, hundir la boca en la arena hasta el ahogo. Eso no es el amor, eso es el deseo de morirse.

Esperaba todavía, con el cuerpo leve, el sudor. Hablaba con lo que en mí era foco y tenía a veces tus mismos rasgos.

-Tú supiste verme.

-Creía que amar era ver sin ser visto.

-Pero tú supiste verme.

-Era tarde cuando me di cuenta. Era tarde y había grava, gente que removía las piezas alrededor y adentro.

-En la interrupción de la cuerda había un nudo. No era como los otros nudos. No solo estaba hecho de cuerda, sino también de palabras. Las palabras me volvieron loca.

-Las palabras tienen esa propiedad. Las palabras conducen y desvelan u oscurecen.

-Fui incapaz de evitar esa locura. Ese nudo era como un asentimiento. Como reconocer un accidente, el espacio de un choque.

-Tú supiste verme. Lo que era ciego a mis ojos lo investiste de palabras. El amor es el tacto, pero hay también un amor hecho de palabras.

-Yo tenía un amor de tacto y un amor de palabras y además otros amores periféricos. No me era posible concentrarme en uno solo.

-El amor de tacto era suave, cotidiano. Se alimentaba de imágenes. Yo lo protegía. Mi posesión de él era el cuidado y nuestro deseo era incisivo y brutal.

-El amor de palabras era escaso. Una red. Una trampa. Aparecía raramente. No lo cuidaba, porque era externo. El deseo era solitario y doloroso. 

-Los amores periféricos eran ensoñaciones. Acontecían y se marchaban. Sus anclas eran los cuerpos: amados, olvidados.

-Solo tu amor negaba la belleza. Las palabras me volvieron loca. 

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