La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch (Revista Kafka)

Por Laia López Manrique

Leopold von Sacher Masoch: La Venus de las pieles y otros relatos, traducción de Rafael Fernández Arias, Madrid, Valdemar, 2010.

El austríaco Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), personaje de vida sórdida y apasionante a la vez y escritor famoso en su época, ha pasado a la historia fundamentalmente como autor de la novela La Venus de las pieles, que la moderna sexología, con Kraft-Ebing a la cabeza, tomó como cimiento de la definición de la conducta sexual llamada “masoquismo”: aquella por la cual la satisfacción del sujeto va ligada a la sensación de dolor, castigo o humillación. El resto de su obra ha sido olvidada a favor de la celebridad de su apellido, tan connotado y popularizado a posteriori. Pero, ¿quién fue realmente Leopold von Sacher-Masoch? ¿Un autor menor? ¿Un pornógrafo? ¿Un antimoderno? ¿Un pesimista? ¿Un libertino? ¿Un inspirador e instigador de perversiones?

Dejando de lado algunas tenazas críticas y otros prejuicios, se puede decir que Leopold von Sacher-Masoch fue alguien que condujo la estela de su obra en un único sentido: el de mostrar el alcance y la coexistencia de lo que Baudelaire llamó las “dos postulaciones simultáneas” del hombre: la voluntad de elevación o el perfeccionamiento espiritual (el ideal) y el impulso humano hacia la degradación, el camino hacia el barro que pasa por la “alegría de descender”. Buena muestra de ello son dos de las novelas que integran su ciclo inacabado El legado de Caín: El amor de Platón y la ya mencionada Venus de las pieles, de la que se ocupa este artículo. Ambos son relatos de iniciación amorosa que operan en direcciones opuestas y acaban coagulando en un paisaje igualmente devastado. En la primera, a través de la forma espitolar, accedemos a la historia del conde Henryk, quien se afana en buscar un amor depurado que excluya el contacto carnal, según lo expuesto por Sócrates en el Banquete platónico; en la segunda, el aristócrata Severin von Kusiemski, al entablar relación con Wanda von Dunajev, logra dar rienda suelta a su más íntima fantasía: la de transformarse en el esclavo de una mujer y ser vejado y azotado por ella.

¿Por qué La Venus de las pieles? ¿De dónde procede este curioso nombre que da título a la novela y entidad al personaje de Wanda von Dunajev? Responde a una hibridación entre la figura clásica de Venus, la cálida diosa pagana del amor y la sexualidad, y el escenario frío de la Galitzia polaca. En ese espacio, Venus ha de cubrirse de pieles si no quiere sucumbir al clima intemperado de la región. Las pieles son, además, un aderezo simbólico que en el libro de Sacher-Masoch adquiere un significado ritual, y otorgan poder a quien las viste. Forman parte de manera necesaria, junto con el látigo, del disfraz ceremonial de Wanda, y la convierten en el personaje de ama ante su esclavo.

La misma diosa del amor se aparece en sueños a un amigo de Severin, el primer narrador del relato, en las páginas introductorias de la novela, y hace la siguiente consideración: “y no obstante, ese eterno e intenso anhelo, eternamente insatisfecho, por las desnudeces del paganismo (…), pero aquel amor que es la máxima alegría, la divina claridad en persona, no sirve para vosotros, los modernos, para vosotros, hijos de la reflexión. Os sienta mal. En cuanto queréis ser naturales, os volvéis groseros. La naturaleza os parece algo hostil; de nosotros, los risueños dioses de Grecia, habéis hecho demonios; de mí, una diablesa”.

Se podría tomar esta frase como pequeña clave interpretativa del texto de Sacher-Masoch. En efecto, en ella se condensan algunos de los temas a los que la se dará voz y cuerpo narrativo en la trama: el anhelo insatisfecho del personaje de Severin, la teatralización artificiosa de las relaciones de poder entre los sexos, contrapuesta a la visión “natural” del amor a la que Venus alude en el discurso, o la demonización-divinización de la figura femenina. Veamos para ello más de cerca el argumento de la novela: Severin von Kusiemski entra en contacto con Wanda von Dunajev durante su estancia en un balneario de los Cárpatos. Se hacen amantes y él ve en su relación la posibilidad de materializar sus deseos de convertirse en el esclavo de una mujer que, armada con un látigo, le humille y le torture hasta lo indecible. Wanda, tras algunas reticencias, acepta entrar en el juego que Severin le propone y firman un contrato por el cual se comprometen a adoptar los roles de ama y esclavo. En el papel de esclavo, el noble Severin cambiará su nombre por el de Gregor y será reducido a su animalidad esencial (él mismo se comparará en diversas ocasiones, complacido, con un perro), quedando a merced de su ama incluso el derecho sobre su vida y su muerte.

Wanda y Severin se marchan a Italia para cumplir allí las condiciones del contrato, esto es, de su propia relación. Ella alquila una mansión señorial a las afueras de Florencia y residen allí, acompañados de unas criadas. Durante este tiempo todo margen preparatorio es dado por concluido y pasamos a adentrarnos en la verdadera textura de la crueldad. Wanda disfruta de una vida social agitada y elegante mientras trata a Severin-Gregor con el desprecio propio de una dueña y le ata y castiga, llegando a encerrarle en el más puro aislamiento de unas mazmorras durante un tiempo indeterminado. Él encuentra un mayor placer  a mayor violencia profesada contra su cuerpo y su persona, y todo adquiere unas dimensiones excesivas, aunque previstas. Severin desea la infidelidad de Wanda como consagración de su propio ultraje y ella hace entrar en escena a un joven pintor que les retrata y participa también de sus juegos. Pero por este lado no se produce la infidelidad. Ésta solo se consuma cuando Wanda conoce al Griego, un hombre poderoso que hace temer a Severin por primera vez de manera acuciante por la pérdida de su amada. Siente celos y deseos de romper el contrato, pues ella misma declara que el Griego es un hombre por el cual le gustaría dejarse dominar. Wanda hace amagos de liberarle, pero Severin, al borde del suicidio, insiste en su desesperada dependencia y acuerdan abandonar juntos Italia. En la escena del engaño último, el mismo Griego (al que se asimila al dios Apolo) maltrata y domina a Severin con el látigo, bajo la despiadada risa de Wanda. Severin es abandonado a su suerte en Florencia, y tras la catástrofe decide regresar a su país. Al cabo de un tiempo recibe una carta de Wanda donde ésta le comunica lo que ha sido de su vida y le confiesa que se entregó a las inclinaciones enfermizas  de Severin a fin de “curarle” de ellas, cosa que, finalmente, parece haberse producido.

A pesar de sus derivaciones póstumas, parece plausible afirmar que la novela de Sacher-Masoch no es, en sentido estricto, una novela erótica. La frugal sensualidad de sus páginas revierte en favor de una indagación de las relaciones de sumisión y dominio físico y emocional entre los amantes que se podría calificar de “psicológica”. Como ya subrayó Gilles Deleuze en el magnífico ensayo que dedicó al autor, Sacher-Masoch es, en cierto modo, un moralista. Hay algo de edificante en sus narraciones, y desde luego lo hay en La Venus de las pieles, que termina con una moraleja explícita sobre la condición de la mujer y las relaciones de desigualdad entre los sexos. En el discurso citado al principio se recoge en parte esa orientación del relato, en la idealización fanática de la figura femenina, ya sea como diosa o como diablesa. Es esa concepción de las mujeres la que en parte conduce al personaje a adoptar el papel de siervo, y también la que le lleva a condenarlas. El prisma con el que Severin contempla a Wanda está mediado por esta deformación que fluctúa siempre entre ambos polos. Las condiciones materiales del presente, afirma Severin, no permiten a los hombres y mujeres otra situación que la de ser enemigos. Todo se dirime en una batalla dialéctica en la cual hay que posicionarse. Él, que eligió una vez el papel del esclavo, en adelante no habrá de reincidir más en él. “Quien se deja azotar, merece que le azoten”, dice el escarmentado personaje.

No obstante, tras el velo de la historia adoctrinante de Severin y Wanda se muestra un caldo de cultivo suculento que permite sacar a colación algunas otras cosas que ya quedaban apuntadas en la frase de la Venus del sueño. Lo más interesante de la novela no reside en sus estratregias narrativas, sino, como ya he advertido antes, en su exploración de las relaciones entre los personajes y el retrato de los mismos, en especial el de Severin y su visión del mundo. La debilidad de Severin es ese anhelo sin realización, que en definitiva viene a coincidir con el anhelo de lo que, en el plano de los hechos, viene a ser imposible. Ahí está la fricción entre la “naturaleza” a la que hace referencia la Venus soñada y la “reflexión” moderna: no olvidemos que la etimología de la palabra “reflexión” señala la vuelta de tuerca, la doblez o curvatura de una realidad sobre sí misma. No es posible un amor “natural”, de ahí la necesidad de devolver al amor su imagen desrealizada. Es en este punto donde aparece el tema del teatro o la representación de roles en la lucha de poder entre los dos amantes y la suspensión de lo fáctico a través del contrato de esclavitud, que arrastra consigo la fantasía de  Severin de ser degradado.

El contrato establecido entre Severin y Wanda convierte en legítimas las figuraciones del deseo del primero, que se construyen desde lo más bajo, desde lo abyecto. En esta obra, el deseo es un orden que se contrapone reflexivamente al orden externo de la realidad: es decir, actúa como su reflejo invertido, como en el caso de los rayos de luz que caen sobre una superficie. A través del orden del deseo se escenifican o ponen en evidencia las reglas que en el orden externo del mundo son tomadas como implícitas: de ahí el contrato, la flagelación, la retirada de los personajes de su lugar de origen, la mascarada. Ambos órdenes son rígidos y nada fluidos, ambos están sometidos a un guión. La relación no es “natural”, está pautada y podríamos decir que abocada sin remedio al hoyo del fracaso.

Pero Severin lo desea todo, hasta la muerte. El pacto consiste para él en aceptar la cancelación momentánea de lo real en la forma de la máscara, aun a riesgo de extraviarse en ella y no regresar. Casi se diría que es el objeto del riesgo lo que fascina verdaderamente a Severin, y es a lo que Wanda, pese a su corrupción in crescendo, no estará dispuesta a ceder. Como el riesgo se corre pero nunca se consuma (el peligro queda siempre apuntado como peligro, como índice de imposible cumplimiento) la narración se cierra, el deseo se funde, los personajes escapan a su delirio. Lo real no podrá ser sustituido nunca de manera íntegra por lo ideado, el pacto no se podrá volver nunca absoluto, ni aniquilar toda otra frontera exterior. El esclavo Gregor no será asesinado, Severin no llegará a suicidarse. Y una vez tocado el borde del objeto, el sujeto se retira, como las antenas retráctiles de un insecto al contacto con un cuerpo extraño. Wanda, que al principio deseaba amar, ha experimentado todo límite y toda repugnancia, y ha escapado. Del mismo modo, Severin, postrado ante el incumplimiento de su deseo, no dejará de ser, al fin,  un defraudado fugitivo.

Artículo aparecido en el número 9 de la Revista Kafka (septiembre-diciembre de 2010)

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7 comentarios en “La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch (Revista Kafka)

  1. Azar que no lo es tanto: una de mis últimas adquisiciones ha sido “La Venus de las pieles”, libro que leí hace muchos años pero al que me apetecía volver este invierno. Ahora encuentro aquí tu estupendo artículo.

    Me atuso los bigotes felinos y desaparezco en tu escritura

    abrazos!

  2. No entiendo ¿por qué traducen el título original VENUS IM PELZ como LA VENUS DE LAS PIELES?
    Se puede simplemente decir VENUS EN PIEL en español tambien. El “EN” expresaría mejor que ella está envuelta en piel, mientras DE LAS PIELES puede incluso entenderse que ella vende pieles.

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