Reseña de la novela El teatro de la memoria de Leonardo Sciascia, para Revista Literaturas

Por Laia López Manrique

El teatro de la memoria
(traducción: Juan Manuel Salmerón)
Leonardo Sciascia
Tusquets, 2009 

Escribió Carlos Fuentes en su novela La muerte de Artemio Cruz que “la memoria es el deseo satisfecho”. Esta frase bien podría enmarcar los distintos desvelos, asertos y tribulaciones de los personajes (reales) que construyen el teatro de la memoria que da título a la novela de Leonardo Sciascia (1921-1989), escrita en 1981 y editada por vez primera en España por la Editorial Tusquets en 2009. Pues para cada uno de los protagonistas del curiosísimo caso policial, acontecido en Italia bajo el régimen de Mussolini, que Sciascia sigue rigurosamente en este libro, la memoria es un constructo a medida, un canal por el que discurre el cauce a menudo irregular de los recuerdos, aderezados y enlazados según un arte combinatoria sin otra regla que el gusto y necesidad de cada cual.

El teatro de la memoria se basa en la crónica del conocido caso del “desmemoriado de Collegno”, expresión que se ha convertido en Italia en moneda común para referirse a las personas distraídas o descuidadas. Un hombre fue arrestado el 10 de marzo de 1926 por robar jarrones de bronce en el cementerio judío de la ciudad de Turín e ingresado, por presentar síntomas de violenta alienación y desconocimiento de su propia identidad, en el manicomio de Collegno. Una vez transcurridos unos meses de internamiento, el caso vio la luz pública a partir de la publicación de una fotografía del desmemoriado en La Domenica del Corriere, acompañada de la demanda expresa de su reconocimiento. El interno número 44.170 del manicomio fue identificado apasionadamente por la señora Giula Canella como su marido, Giulio Canella, profesor de Filosofía católico desaparecido en combate durante la Primera Guerra Mundial, a pesar de las dudas manifestadas por otras personas cercanas al profesor. Tras ello, el desmemoriado fue trasladado a la casa familiar de los adinerados Canella en Verona, hasta que unas cartas anónimas que contradecían la asignación primera de la identidad del hombre provocaron su arresto, tras cotejar sus huellas dactilares y hallarlas idénticas a las de Mario Bruneri, un tipógrafo turinés acusado de robo y estafa a gran y media escala en diversas ocasiones. A partir de aquí, se produjo una larga lucha legal por la identidad del desmemoriado por parte de ambas familias, hasta la sentencia definitiva de 1931 que lo identificaba, finalmente, como el impostor Mario Bruneri.

La novela de Sciascia reseña el proceso judicial y sus intersticios, citando a todos los implicados y sus distintas versiones de los hechos desde la distancia crítica del investigador que el autor siciliano nunca dejó de emplear en su actividad narrativa. Se articula a través de una escritura puntillosa, precisa y testimonial que se desprende siempre de los azogues de la subjetividad en aras de la aproximación a “la verdad”, sin dejar de señalar las paradojas que la constituyen, y convoca para ello documentos oficiales, cartas escritas por los protagonistas del caso, declaraciones, artículos e informes médicos, así como la revelación de ciertos intereses políticos del régimen fascista en el caso y la preocupación personal de Mussolini por el mismo, como elementos que aportan partículas de solidez al rompecabezas pantanoso de la historia.

De igual modo, cobra una importancia decisiva en la novela de Sciascia la alusión a lo que de literario mismo hubo en la elaboración del caso judicial: por un lado, aparece la inevitable referencia al drama de Luigi Pirandello directamente basado en el caso Bruneri-Canella y estrenado antes de la sentencia  definitiva de 1931, Come tu mi vuoi; por otro, la no menos interesante escritura de un libro de memorias de título proustiano, Alla ricerca di me stesso, firmado por Giulio Canella en el año 1930, con el que asistimos al ejercicio de la búsqueda, reapropiación y fabricación de los recuerdos de un desaparecido por parte del astuto sosias que se escuda en su nombre. No nos parece extraño, en este sentido, que Sciascia congregue a Jorge Luis Borges en dos ocasiones distintas en el libro, como tampoco lo es que, en el panorama de las letras hispánicas, haya sido precisamente Enrique Vila-Matas quien escribiera en el  año 1984 una novela inspirada también en el caso Canella-Bruneri, bajo el título de Impostura.

En definitiva, si bien no es posible considerar que El teatro de la memoria sea una de las obras mayores de Leonardo Sciascia, sí es altamente representativa de su quehacer literario, uno más de sus férreos paseos por el controvertido campo de la justicia, y sobre todo es la crónica de un caso fascinante y una reflexión atenta a los movimientos equívocos del recuerdo, con todas sus derivaciones y consecuencias posibles.

(Reseña aparecida originalmente en el número de enero-febrero de 2010 de la Revista Literaturas)

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